Meditación y oración mental

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Cualquier tipo de oración es buena, pero la mental es fabulosa porque siempre nos pone en conexión con Dios. Es también llamada meditativa y es muy conveniente  para el progreso de la vida espiritual. Nuestra relación con Dios se establece por el ejercicio de las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Son ellas las que deben establecer esa divina comunicación “con quien sabemos que nos ama” (Santa Teresa). Por ello la meditación no exige técnicas depuradas, aun cuando éstas nos puedan ayudar. “Si amáramos a Dios, la oración nos sería tan natural como la respiración” (San Juan María Vianney). Los antiguos monjes se unían a Dios por la repetición afectuosa de jaculatorias. Con todo, vamos a ver algunos consejos:

La  capacidad de meditar guarda proporción con tu espíritu de mortificación, abnegación, vida interior, santidad. “Tanto mayor capacidad tendremos cuanto más fielmente lo creamos, más firmemente lo esperemos, más ardientemente lo deseemos” (San Agustín).

La meditación requiere un lugar adecuado: si no puedes ir al templo, puedes hacerla en tu misma casa, buscando en ella el ambiente y el momento más tranquilo. Como Cristo, que para orar huía a la soledad del monte o de la noche. Pero recuerda que en cualquier lugar que estuvieses, tú mismo eres templo vivo de la Santísima Trinidad pues Cristo ha dicho: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn. 14, 23). Somos inhabitación del Espíritu Santo y algunos hermanos míos visitantes de TRAS CRISTO Y FRANCISCO DE ASÍS, parece que lo olvidan. También es bueno el silencio interior, que es la disposición del corazón para tratar y escuchar a Dios; pero también debes buscar el silencio exterior.

Hay que procurar tomar una postura cómoda y en lo posible en un lugar o momento en el que sepamos nadie nos va a molestar.  Es muy conveniente ayudarse con un libro como instrumento (otros usan la música relajante), en especial los escritos de los santos. Pero poca dosis y mucha actividad interior. Si no puedes otra cosa, haz lectura meditada. Pero no conviertas ese momento en simple lectura o estudio.

La idea es que sea un lugar de amistad y contacto con Dios, es decir, el mutuo conocerse y contemplarse y el mutuo amarse. Así precisamente la definió Santa Teresa: “Es tratar de amistad con aquél que nos ama”. Y San Ignacio: “Como un amigo habla a otro, o un siervo a su señor; ya sea pidiendo alguna gracia, ya sea culpándose por un mal hecho, ya sea comunicando sus cosas y queriendo consejo en ellas”. De allí que posea tres elementos fundamentales: “Qué hablamos, con quién hablamos, quiénes somos los que osamos hablar” (Santa Teresa).

El lenguaje de la meditación es el lenguaje del corazón. Si se deben usar palabras es porque ellas disponen el alma. Abandónate desde el principio y deja que  Cristo medite en ti y contigo. Préstale tu mente y tu corazón para que todo suba al Padre por Él, con Él y en Él.

 Reconstruye la escena que vas a meditar (yo así lo hago muchas veces e incluso me pongo hablando con los personajes, como si estuviera viviendo el momento) e intenta meterte en la situación, no se trata de crear un vació en la mente, sino todo lo contrario, llenarla del misterio de Dios. Si se trata de un pasaje evangélico, trasládate con la imaginación al sitio, procura ponerte en ambiente. Actualiza los hechos.

Me parece interesante el que se parte de un lugar o punto concreto como, como una fiesta litúrgica, el evangelio del día o el temario corrido de un libro. Pero debes tener la libertad de elegir algún tema que te afecte directamente en ese momento como una aflicción que estás padeciendo, una decisión que tomar, un acontecimiento para interpretar a la luz de la fe y la Providencia. Así obró la Santísima Virgen María que ante los acontecimientos de la vida cotidiana de su Hijo, se dice que “guardaba cuidadosamente esas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc. 2, 19, 51).

Siempre hay muchos modos  de orar y meditar. Puede hacerse con una simple jaculatoria; la repetición lenta del Padre nuestro, el Ave María u otra oración; la lectura pausada de un texto; la participación devota de la Santa Misa, el Vía Crucis o el Rosario; el recorrido con la mente y el corazón de alguna de las verdades de la fe.

Es frecuente que nos parezca que no somos escuchados o que Dios no nos hace caso, no se siente ninguna devoción, parece que hemos retrocedido, con grandes dificultades para concentrarnos, sin embargo la oración es siempre escuchada. Dios muchas veces calla, para ver nuestras actuaciones y perseverancia.

Pero ten seguridad, de que todas las oraciones son escuchadas, sobre todo las causadas por algún tipo de dolor.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

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  • Reblogueó esto en Monicionista litúrgicoy comentado:
    Hacerle frente a la oración es una tarea que demanda de nosotros amor y disciplina. El adviento (y todos los tiempos del cristiano) nos invitan a estar, no en este ejercicio, sino actitud de vida. Que este artículo sea de nuestra ayuda.
    El Señor los bendiga y los guarde.