El dogma de la Inmaculada concepción de María

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El dogma de la concepción Inmaculada de María fue defendido por un hermano nuestro franciscano: Duns Scotto. Tras esta defensa y con posterioridad, en la Bula Ineffabilis Deus, S. S. Pío IX, el año 1854, definió solemnemente este dogma mariano. Declara, en su contenido, el misterio por el que María fue preservada inmune de toda macula y culpa original, desde el preciso momento de su concepción, por una singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador y Redentor de la humanidad. La denominación de Inmaculada Concepción implica un conjunto de nociones que, por su carácter esencial, aquí iniciamos un nuevo apartado en el sitio TRAS CRISTO Y FRANCISCO ASÍS, en donde se mostrarán los dogmas de la Iglesia. Pero volvamos al tema que nos ocupa. Reflexionemos:

a) Toda la humanidad viene sometida al pecado original;

b) María queda inmune de mancha y de todas sus consecuencias, por una singular gracia divina;

c) tal inmunidad obra desde el primer instante de su ser y se produce en razón de un hecho no contraído; se trata de preservación y no de mera liberación de ninguna sujeción.

El dogma fue declarado muy tarde, el 8 de diciembre de 1854 por el Papa Pío IX, pero desde muchos siglos antes el sensum fidelis, es decir, esa sabiduría de los fieles sobre las cosas de Dios, ya reconocía en María, la llena de gracia, el privilegio de haber sido preservada del pecado original desde el mismo momento de su concepción. Eso sí, como un adelanto de la Redención operada por Jesús, como explicará la teología más tarde.

El caso es que ya los padres de la Iglesia, desde los primeros siglos, algo intuían al llamarla la “segunda Eva”. San Agustín se refería a ella como la “absolutamente pura”, y en Oriente se la llamaba la “toda santa”. En el siglo IX se introdujo en Occidente la fiesta de la Concepción de María, primero en Nápoles y luego en Inglaterra. Entre el siglo XI y XII, san Anselmo de Canterbury predicaba en un sermón que se toma en el oficio de lecturas de la fiesta: “El cielo, las estrellas, la tierra, los ríos, el día y la noche, y todo cuanto está sometido al poder o utilidad de los hombres, se felicitan de la gloria perdida, pues una nueva gracia inefable, resucitada en cierto modo por ti, ¡oh Señora!, les ha sido concedida”.

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Casi veinte años después, un monje del monasterio donde había sido abad san Anselmo, escribió el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción. Era Eadmero, en 1128. Mientras que la dificultad para explicar cómo María evitó el pecado original – si no lo tuvo, ¡es que no es humana!- seguía dando quebraderos de cabeza a los teólogos, santos como Francisco de Asís, ya estaban convencidos de ello.

En este dogma, el término “concepción”, hace referencia a un sentido pasivo y nunca activo, en tanto en cuanto, atañe no ya al acto por el que sus padres la conciben, sino a la descendencia concebida; a que la misma Virgen María, al iniciar su concepción, de ninguna manera recibe signo de imperfección ni sombra de pecado alguno. El dogma requirió un largo periodo histórico de meditación teológica y de reflexión exegética, antes de que se promulgara; el prolongado proceso expresa de modo didáctico las hondas implicaciones dogmáticas de la verdad que encierra, que, sólo pudieron hacerse explícitas tras la maduración del estudio analítico y de un fructuoso pensamiento; ello pone de manifiesto su dinamismo vital en el peregrinaje de la Iglesia, iluminada siempre en su histórico caminar por el hálito propicio del Espíritu Santo.

Esta Verdad Dogmática hunde sus raíces fundamentales en el valor exegético-mariológico del Texto Protoevangélico (Gen 3,14-15); de modo que, en 1953, Pío XII, en la Encíclica Fulgens Corona deja asentado que «El fundamento de la doc­trina (del dogma) se encuentra ya en la S. Escritura, en que Dios Creador, después de la caída lamentable de Adán, se dirige a la serpiente tentadora y seductora…». En el N. T., existe otro texto de gran plenitud, fundamento bíblico del dogma: el «Ave, llena de gracia» (Lc 1,28). Son, en suma, dos textos de enorme riqueza que expresan claramente la plena santidad de María, quien siempre estuvo exenta de pecado sin sujeción jamás al diablo. En el momento en que la exégesis llegó a captar el sentido pleno de tales textos, la Iglesia pudo formular el dogma de la Inmaculada.

Por consiguiente, recorriendo el amplio y lento camino de los siglos, la tradición católica ha alcanzado la comprensión subjetiva del dogma, que Dios ofrecía de modo misteriosamente implícito en las fuentes reveladas. La lentitud secular se debe a que este hecho de la Inmaculada, en principio, podía parecer opuesto a algunos dogmas cristológicos: como que Cristo es el único totalmente santo y que es el Redentor Universal; si se admitía una excepción, se llegaba a minusvalorar la acción redentora de Jesucristo.

Son numerosos los textos de la Patrística sobre la excelsitud de la santidad de María; sin embargo, la terminología de algunos de esos textos, acerca del pecado original, en los cuatro primeros siglos, no presenta unas líneas totalmente definidas; clarificación que se va a alcanzar con exactitud después de la reacción agustiniana contra Pelagio. En este sentido, el desarrollo y la progresión doctrinal se desprende de la misma palabra de S. Agustín: “cuando se trate de pecados, no quiero referirme a la Virgen María”. Pero, entonces, se abre un nuevo periodo de oscilaciones en torno a la Inmaculada Concepción.

La devoción y la cultura religioso-popular, que se expresa en los primitivos apócrifos marianos, hacen referencia, en la primera mitad del s. II, a la figura de María de eminente y singular santidad. Las preocupaciones científicas, exegéticas o teológicas de algunos apologistas y de otros escritores alejandrinos, capadocios y antioquenos vinieron a obstaculizar y a difuminar ciertos aspectos de la imagen de la Santísima Virgen. Este fue el origen de la primera contraposición entre la fe popular y la fe culta, que tanto peso tendría posteriormente en la historia del dogma de la Inmaculada Concepción. Es difícil encontrar una respuesta decisiva sobre al dogma del pecado original en la interpretación «culta» de ciertos textos mariológicos, bajo la insuficiente evolución terminológica, siempre, se ve trabada y queda diluida.

Diversas vicisitudes afectaron al dogma en la Edad Media. Autores sobresalientes y grandes maestros de la Escolástica van aduciendo nuevos argumentos de relevancia teológica que entrañan los principios de solución al problema dogmático. Las vías para la definición misma las puso Duns Escoto a quien le cabe la gloria de haber abierto la puerta. A través de controversias se llegó, en 1439, a la importante declaración del Concilio de Basilea, que proclamó la doctrina de la Inmaculada Concepción: “piadosa, conforme al culto de la Iglesia, a la fe católica, a la recta razón y a la Sagrada Escritura”. A pesar del carácter cismático de ese Concilio, desde entonces la doctrina desbrozó el camino.

Luego, con su declaración sobre el pecado original, el Concilio de Trento, avanzó un poco más dando un nuevo paso relevante en 1516.

Clemente XI, en 1708, extiende e impone la fiesta de la Inmaculada a la Iglesia Universal. Con lo cual, ya maduraba la cuestión y todo el terreno abonado hacía que Pío IX, llagara a la decisión dando el impulso decisivo.

Y, efectivamente, tras las reflexiones pertinentes, realizados los estudios oportunos y consultados el episcopado, Pío Noveno definió el dogma en la Bula Ineffabilis Deus el 8 de diciembre de 1854.

El entuerto se resolvió en el S. XIV a partir de las intuiciones de Juan Duns Scotto, precisamente un franciscano, que dijo que María fue redimida como todos, pero siendo preservada, en vez de liberada, del pecado. Poco después, en 1483, el Papa Sixto IV se adelantó casi 4 siglos a la declaración del dogma extendiendo la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.

Una tal expectativa sólo podía traer frutos extraordinarios en el momento en que la Iglesia confirmara como certeza de fe la Inmaculada Concepción. El  más llamativo, la ratificación dada por María misma tres años después en Lourdes, cuando le encargó a Bernadette que transmitiera a su párroco que ella era la “Inmaculada Concepciou”: ¡gran sorpresa del abbé Peyramale que una chiquilla sin instrucción repitiera el dogma! Pero en nuestra realidad encontramos otros igual de importantes. Ha sido la proliferación de grupos y asociaciones que la toman por patrona, y que, ignorantes de la crisis religiosa de Occidente, siguen atrayendo multitudes, entre ellas a muchos jóvenes. Sin duda, la que pisó la cabeza de la serpiente por ser Purísima, comparte su gracia con los que se acercan a ella.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

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septiembre 12, 2016