Category Archive MARIOLOGÍA

Apariciones aprobadas por la Iglesia y en estudio

Bueno os traigo aquí un listado de las apariciones que están aprobadas por la iglesia, o que están en trámite. Es decir que se está comprobando que no son “contraproducentes” a la Fe de la Iglesia y al mensaje de Jesucristo.

LISTADO DE APARICIONES APROBADAS O EN TRÁMITE DE APROBACIÓN

Apariciones Marianas aprobadas

  1. Aragón, España. Virgen del Pilar. Vidente: Santiago Apóstol.
  2. Guadalupe, México. Nuestra Señora de Guadalupe. Vidente San Juan Diego
  3. Rue de Bac, Francia. Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Vidente: Santa Catalina Laboure. Aprobación equivalente en 1930
  4. La Salette, Francia. Nuestra Señora de La Salette, Francia. Videntes: Melanie C. y Maximin G.  Aprobada en 1851
  5. Lourdes, Francia. Nuestra Señora de Lourdes. Vidente: Santa Bernardita Soubirous. Aprobada en 1862
  6. Pellevoisin, Francia. Nuestra Señora del Carmelo. Vidente: Estela Faguete. Aprobada en 1983
  7. Fátima, Portugal. Nuestra Señora del Rosario. Videntes: Sor Lucia, Beatos Jacinta y  Francisco Marto. Aprobada en 1930
  8. (Beauraing) Bélgica,  Madre de Dios. Videntes: 5 niños. Aprobada en 1949
  9. Banneux, Bélgica. Virgen de los Pobres. Vidente: Mariette Beco. Aprobada en 1942

1953 Siracusa, Italia. Nuestra Señora de las Lágrimas. Lacrimación reconocida el 12 de diciembre, 1953)

 

Apariciones marianas autorizadas por la iglesia local, que permite su culto:

1798-1898. Lavang, Viet Nam. Nuestra Señora de Lavang. Videntes: Muchas personas por espacio de un siglo

  1. Knock, Irlanda. Nuestra Señora de Knock. Videntes: 15 personas

1945-1959. Amsterdam, Holanda. Nuestra Señora de todos los Pueblos. Vidente: Ida Peerdeman

  1. L’Ile-Bouchard, Francia. Nuestra Señora de la Oración. Videntes: Cinco niñas de 7 a 12 años
  2. Roma, Italia (Abadía de Tre Fontane) Nuestra Señora de la Revelación. Vidente: Bruno Cornacchiola.
  3. Montichiari, Italia. Virgen Maria, Rosa Mística. Vidente: Pierina Gili
  4. Zeitoun, Cairo, Egipto Nuestra Señora de Zeitun. Vidente:Una multitud
  5. Akita, Japón. Nuestra Señora de Akita. Vidente: Sor Agnes Sasagawa
  6. Betania, Venezuela, Maria, Virgen y Madre Reconciliadora de Todos los Pueblos y Nacioness. Vidente: María Esperanza Medrano de Bianchini
  7. Cuapa, Nicaragua. Nuestra Señora de Cuapa. Vidente: Bernardo Martinez

1981 Kibeho, Ruanda (Africa) Madre del Verbo. Vidente: 3 videntes

  1. Damasco, Siria Nuestra Señora de Soufanieh. Vidente: Mirna Nazour.Unica aparición aprobada por obispos católicos y ortodoxos.

1983 San Nicolás, Argentina.  María del Rosario de San Nicolás. Vidente: Gladys Quiroga de Motta

Aún no aprobadas

Nuestra Señora de Garabandal, España

Reina de la Paz, Medugorje, Bosnia

 

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m

Apariciones Marianas ¿verdad o mito? (I)

Otro apartado del sitio TRAS CRISTO Y FRANCISCO DE ASÍS, que espero os guste, aunque muchos son los que estoy empezando y aunque sea un pareado, me estoy desanimando, pues el trabajo es “arduo” y todos los días público un número de artículos, que si bien lo hago con toda la gana del mundo, espero que sean utilizados, pues no tendrían sentido si no son aprovechados. Con ese fin, empezamos un nuevo apartado.

Las llamadas “apariciones” o manifestaciones de la Virgen María son fenómenos que aparentemente suceden a lo largo de la historia de la Iglesia, sobre todo durante el siglo XX. La Iglesia Católica ha reconocido muy pocas, y aún éstas son consideradas “revelaciones privadas”, dejando a los fieles en libertad de creer en ellas o no.

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La primera es la de la Virgen del Pilar al Apóstol Santiago en Zaragoza, en torno al año 40 d. C. Luego aparece la Virgen del Carmen a través de San Simón Stock. En la Edad Media aparece en Puy. Aproximadamente en 1392 se aparece bajo la advocación de Virgen de la Candelaria a dos pastores guanches en Canarias, España. En el siglo XVI la aparición a San Juan Diego en México bajo el nombre de Guadalupe. La llamada Virgen del Huerto se le apareció al joven Sebastián descalzo (en la mitad del siglo del 1700). En el siglo XIX aparece en La Salette a los pastores Melanie Calvat y Maximin Giraud (1846); en Lourdes (1858) a Santa Bernadette Soubirous y en Fátima (1917) a los pastorcitos Lucía dos Santos y Francisco y Jacinta Marto; también el 13 de julio de 1945 se le aparece a Pierina Gilli en Montichiari y Fontanelle, Italia, llamándose María Rosa Mística.

Otro ejemplo lo encontramos con las apariciones en la región de la ex-Yugoslavia, en el pueblo de Medjugorje en Bosnia y Herzegovina, donde 6 niños, desde el día 24 de junio de 1981, aseguran que se les aparece la virgen (o como ellos le llaman en su lengua “gospa”) de manera frecuente y donde actualmente los videntes – hoy ya adultos – dicen que continuan teniendo las visitas. A pesar de ser la aparición moderna más famosa no tiene aprobación eclesiástica.

Prácticamente cada santuario mariano tiene como origen una revelación o un fenómeno extraordinario vinculado a la Virgen María. La actitud de la Iglesia Católica ante estos fenómenos ha oscilado entre la aceptación, luego de un proceso de investigación y análisis intenso del caso, o de rechazo. Muchas apariciones, especialmente sucedidas en el siglo XX, no cuentan aún con este veredicto formal. Benedicto XV fijó las normas a seguir para estudiar estos casos, en los que participa también la ciencia.

La era de la aceptación fácil de las mariofanías en la Iglesia finalizó aproximadamente con la era de las grandes madres espirituales, como Santa Gertrudis y Santa Matilde. A partir del siglo XIV, la teología se hace mucho más racionalista y se construye, sobre todo desde la obra de Jean de Gerson (s. XIV), la opinión dominante muy restrictiva en la práctica eclesiástica, cuyo máximo ejemplo negativo será la condena a Juana de Arco.

La praxis de los favorecidos con las mariofanías, incluidos fundadores de órdenes religiosas, ha sido el secretismo de las supuestas comunicaciones de María, por temor al malentendido y el miedo a que la obra de fundación se viera perjudicada.

Los contrarios a las mariofanías las asocian a movimientos marginales en la Iglesia, a expresiones excesivas de la piedad popular o incluso a alucinaciones colectivas, y desde fuera de la Iglesia se las atribuye a veces a manipulaciones de la ignorancia popular por los eclesiásticos o por los mismos Gobiernos.

La tradición religiosa católica recoge como primera aparición mariana a la llamada “Virgen del Pilar”. Documentos del siglo XIII hacen mención a la antigua historia de la aparición de la Virgen María, estando ella viva en Jerusalém, al apóstol Santiago “el Mayor” cuando éste predicaba en tierras españolas, concretamente en Zaragoza, junto al río Ebro.

En la edad media los relatos de apariciones se hacen sumamente populares. En la literatura de ésta época, textos como Los milagros de Nuestra Señora, del español Gonzalo de Berceo (siglo XI) o las Cántigas de Alfonso X el Sabio reflejan la praxis celestial de María, para salvar de peligros, para consolar a sus devotos, para implantar un espíritu de misericordia, para renovar la fe, y reconquistar regiones enteras para la fe católica. Mujeres como Santa Gertrudis, Santa Brígida, Santa Catalina y Santa Juana de Arco (+1431) son una muestra de esta situación que, sin ser mensajes exclusivamente de la Virgen, son aceptados por las autoridades de la Iglesia.

Hasta el siglo XIII las apariciones tuvieron una fácil aceptación por la Iglesia. A partir de esa época, el clima dejará de ser tan favorable, especialmente por la difusión de las tesis de Jean de Gerson, que marcarán un pensamiento en extremo restrictivo, que plantearán la exigencia de “pruebas” mediante un método de criterios de verificación, que dejaba fuera el utilizado hasta entonces el “inspiracional” o revelación interna de los jueces, y que supondrán la entrada del racionalismo espiritualista. Este se escorará inevitablemente hacia un juicio negativo, como mero velo justificativo, ante la percepción de amenaza para el poder eclesial, que brotaba de cualquier movimiento espontáneo no organizado; el método tenía sus ventajas, al condenar ya fuera el fenómeno aparicionista cierto o no, se impedía un desarrollo del que nunca era previsible la evolución. Esto explicará porqué los primeros opositores a las videncias infantiles sean los mismos padres, sabedores del rigor inquisitorial y de los problemas ante el estamento eclesiástico y político, del hecho aparicionista.

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En ese clima de semiclandestinidad, paradójico en un tiempo aún de dominio social y cultural del catolicismo, las apariciones serán de manera recurrente apreciadas por los creyentes del pueblo natural.

La reforma protestante, con su invocación exclusivista de Cristo, será prácticamente sin exclusión contraria a las apariciones o mariofanías. Ello ha sido así antes, durante y después de la Reforma: antes, por ejemplo en el movimiento de los hermanos de la fe común, dentro del clima de la mística renana y de los países bajos), serían devastados los santuarios marianos, originados en su mayor parte en mariofanías, porque, amén de fines de apropiación material, las iglesias reformadas no dan otro papel a María que el biológico o de simple honra humana; y ya en los tiempos modernos, los movimientos generados tras el orden conciliar, no plantean ningún valor epifánico a la figura de María, insistiendo en un orden “común” del que quedaría excluida la manifestación que no fuera de orden interno, por completo subjetiva.

Frente a estas tesis, la teología mariofánica de la pléyade de fundadores de órdenes religiosas es muy explícita a este respecto (Juan Eudes, Padre Colin, Juan Bosco, Guillermo José Chaminade y naturalmente el fundador redentorista Alfonso de Ligorio, siendo uno de los mariófilos más grandes Santo Domingo de Guzmán fundador de la Orden de Predicadores) expondrá sin ambages la condición de vanguardia de María no sólo dogmática o devocional, sino de acción. Y esta acción incluye de manera genuina, y por decirlo así “natural”, la manifestación mariana y su conducción necesaria de la Iglesia en todos los órdenes, si bien estrictamente no es necesario el reconocimiento explícito oficializado, e incluso evita potenciales manipulaciones.

La tradición religiosa católica recoge como primera aparición mariana a la llamada “Virgen del Pilar”. Documentos del siglo XIII hacen mención a la antigua historia de la aparición de la Virgen María, estando ella viva en Jerusalém, al apóstol Santiago “el Mayor” cuando éste predicaba en tierras españolas, concretamente en Zaragoza, junto al río Ebro.

En la edad media los relatos de apariciones se hacen sumamente populares. En la literatura de ésta época, textos como Los milagros de Nuestra Señora, del español Gonzalo de Berceo (siglo XI) o las Cántigas de Alfonso X el Sabio reflejan la praxis celestial de María, para salvar de peligros, para consolar a sus devotos, para implantar un espíritu de misericordia, para renovar la fe, y reconquistar regiones enteras para la fe católica. Mujeres como Santa Gertrudis, Santa Brígida, Santa Catalina y Santa Juana de Arco (+1431) son una muestra de esta situación que, sin ser mensajes exclusivamente de la Virgen, son aceptados por las autoridades de la Iglesia.

Hasta el siglo XIII las apariciones tuvieron una fácil aceptación por la Iglesia. A partir de esa época, el clima dejará de ser tan favorable, especialmente por la difusión de las tesis de Jean de Gerson, que marcarán un pensamiento en extremo restrictivo, que plantearán la exigencia de “pruebas” mediante un método de criterios de verificación, que dejaba fuera el utilizado hasta entonces el “inspiracional” o revelación interna de los jueces, y que supondrán la entrada del racionalismo espiritualista. Este se escorará inevitablemente hacia un juicio negativo, como mero velo justificativo, ante la percepción de amenaza para el poder eclesial, que brotaba de cualquier movimiento espontáneo no organizado; el método tenía sus ventajas, al condenar ya fuera el fenómeno aparicionista cierto o no, se impedía un desarrollo del que nunca era previsible la evolución. Esto explicará porqué los primeros opositores a las videncias infantiles sean los mismos padres, sabedores del rigor inquisitorial y de los problemas ante el estamento eclesiástico y político, del hecho aparicionista.

En ese clima de semiclandestinidad, paradójico en un tiempo aún de dominio social y cultural del catolicismo, las apariciones serán de manera recurrente apreciadas por los creyentes del pueblo natural.

La reforma protestante, con su invocación exclusivista de Cristo, será prácticamente sin exclusión contraria a las apariciones o mariofanías. Ello ha sido así antes, durante y después de la Reforma: antes, por ejemplo en el movimiento de los hermanos de la fe común, dentro del clima de la mística renana y de los países bajos), serían devastados los santuarios marianos, originados en su mayor parte en mariofanías, porque, amén de fines de apropiación material, las iglesias reformadas no dan otro papel a María que el biológico o de simple honra humana; y ya en los tiempos modernos, los movimientos generados tras el orden conciliar, no plantean ningún valor epifánico a la figura de María, insistiendo en un orden “común” del que quedaría excluida la manifestación que no fuera de orden interno, por completo subjetiva.

Y esta acción incluye de manera genuina, y por decirlo así “natural”, la manifestación mariana y su conducción necesaria de la Iglesia en todos los órdenes, si bien estrictamente no es necesario el reconocimiento explícito oficializado, e incluso evita potenciales manipulaciones.

Que difícil se nos hace a los cristianos o debería decir “a algunos cristianos”, creer que es posible que Dios permita a la Virgen manifestarse de distintas maneras, no dando nuevas revelaciones (pues la última revelación es Cristo y no hay mas) pero si “recordando” las enseñanzas de su Hijo y dándoles un aire nuevo adaptadas a los tiempos y a los hombres actuales, ¿Quiénes somos nosotros para poner cepo a la voz de Dios, es que Dios no puede actuar como Él quiera?, acaso somos tan soberbios que creemos conocer todo de Dios. No olvidemos las palabras del apóstol “…a Dios nadie lo ha visto…; sí que es posible verlo con los ojos del corazón, pero ¿conocerlo? o ¿conocerlo del todo?.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

 

El dogma de la Inmaculada concepción de María

El dogma de la concepción Inmaculada de María fue defendido por un hermano nuestro franciscano: Duns Scotto. Tras esta defensa y con posterioridad, en la Bula Ineffabilis Deus, S. S. Pío IX, el año 1854, definió solemnemente este dogma mariano. Declara, en su contenido, el misterio por el que María fue preservada inmune de toda macula y culpa original, desde el preciso momento de su concepción, por una singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador y Redentor de la humanidad. La denominación de Inmaculada Concepción implica un conjunto de nociones que, por su carácter esencial, aquí iniciamos un nuevo apartado en el sitio TRAS CRISTO Y FRANCISCO ASÍS, en donde se mostrarán los dogmas de la Iglesia. Pero volvamos al tema que nos ocupa. Reflexionemos:

a) Toda la humanidad viene sometida al pecado original;

b) María queda inmune de mancha y de todas sus consecuencias, por una singular gracia divina;

c) tal inmunidad obra desde el primer instante de su ser y se produce en razón de un hecho no contraído; se trata de preservación y no de mera liberación de ninguna sujeción.

El dogma fue declarado muy tarde, el 8 de diciembre de 1854 por el Papa Pío IX, pero desde muchos siglos antes el sensum fidelis, es decir, esa sabiduría de los fieles sobre las cosas de Dios, ya reconocía en María, la llena de gracia, el privilegio de haber sido preservada del pecado original desde el mismo momento de su concepción. Eso sí, como un adelanto de la Redención operada por Jesús, como explicará la teología más tarde.

El caso es que ya los padres de la Iglesia, desde los primeros siglos, algo intuían al llamarla la “segunda Eva”. San Agustín se refería a ella como la “absolutamente pura”, y en Oriente se la llamaba la “toda santa”. En el siglo IX se introdujo en Occidente la fiesta de la Concepción de María, primero en Nápoles y luego en Inglaterra. Entre el siglo XI y XII, san Anselmo de Canterbury predicaba en un sermón que se toma en el oficio de lecturas de la fiesta: “El cielo, las estrellas, la tierra, los ríos, el día y la noche, y todo cuanto está sometido al poder o utilidad de los hombres, se felicitan de la gloria perdida, pues una nueva gracia inefable, resucitada en cierto modo por ti, ¡oh Señora!, les ha sido concedida”.

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Casi veinte años después, un monje del monasterio donde había sido abad san Anselmo, escribió el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción. Era Eadmero, en 1128. Mientras que la dificultad para explicar cómo María evitó el pecado original – si no lo tuvo, ¡es que no es humana!- seguía dando quebraderos de cabeza a los teólogos, santos como Francisco de Asís, ya estaban convencidos de ello.

En este dogma, el término “concepción”, hace referencia a un sentido pasivo y nunca activo, en tanto en cuanto, atañe no ya al acto por el que sus padres la conciben, sino a la descendencia concebida; a que la misma Virgen María, al iniciar su concepción, de ninguna manera recibe signo de imperfección ni sombra de pecado alguno. El dogma requirió un largo periodo histórico de meditación teológica y de reflexión exegética, antes de que se promulgara; el prolongado proceso expresa de modo didáctico las hondas implicaciones dogmáticas de la verdad que encierra, que, sólo pudieron hacerse explícitas tras la maduración del estudio analítico y de un fructuoso pensamiento; ello pone de manifiesto su dinamismo vital en el peregrinaje de la Iglesia, iluminada siempre en su histórico caminar por el hálito propicio del Espíritu Santo.

Esta Verdad Dogmática hunde sus raíces fundamentales en el valor exegético-mariológico del Texto Protoevangélico (Gen 3,14-15); de modo que, en 1953, Pío XII, en la Encíclica Fulgens Corona deja asentado que «El fundamento de la doc­trina (del dogma) se encuentra ya en la S. Escritura, en que Dios Creador, después de la caída lamentable de Adán, se dirige a la serpiente tentadora y seductora…». En el N. T., existe otro texto de gran plenitud, fundamento bíblico del dogma: el «Ave, llena de gracia» (Lc 1,28). Son, en suma, dos textos de enorme riqueza que expresan claramente la plena santidad de María, quien siempre estuvo exenta de pecado sin sujeción jamás al diablo. En el momento en que la exégesis llegó a captar el sentido pleno de tales textos, la Iglesia pudo formular el dogma de la Inmaculada.

Por consiguiente, recorriendo el amplio y lento camino de los siglos, la tradición católica ha alcanzado la comprensión subjetiva del dogma, que Dios ofrecía de modo misteriosamente implícito en las fuentes reveladas. La lentitud secular se debe a que este hecho de la Inmaculada, en principio, podía parecer opuesto a algunos dogmas cristológicos: como que Cristo es el único totalmente santo y que es el Redentor Universal; si se admitía una excepción, se llegaba a minusvalorar la acción redentora de Jesucristo.

Son numerosos los textos de la Patrística sobre la excelsitud de la santidad de María; sin embargo, la terminología de algunos de esos textos, acerca del pecado original, en los cuatro primeros siglos, no presenta unas líneas totalmente definidas; clarificación que se va a alcanzar con exactitud después de la reacción agustiniana contra Pelagio. En este sentido, el desarrollo y la progresión doctrinal se desprende de la misma palabra de S. Agustín: “cuando se trate de pecados, no quiero referirme a la Virgen María”. Pero, entonces, se abre un nuevo periodo de oscilaciones en torno a la Inmaculada Concepción.

La devoción y la cultura religioso-popular, que se expresa en los primitivos apócrifos marianos, hacen referencia, en la primera mitad del s. II, a la figura de María de eminente y singular santidad. Las preocupaciones científicas, exegéticas o teológicas de algunos apologistas y de otros escritores alejandrinos, capadocios y antioquenos vinieron a obstaculizar y a difuminar ciertos aspectos de la imagen de la Santísima Virgen. Este fue el origen de la primera contraposición entre la fe popular y la fe culta, que tanto peso tendría posteriormente en la historia del dogma de la Inmaculada Concepción. Es difícil encontrar una respuesta decisiva sobre al dogma del pecado original en la interpretación «culta» de ciertos textos mariológicos, bajo la insuficiente evolución terminológica, siempre, se ve trabada y queda diluida.

Diversas vicisitudes afectaron al dogma en la Edad Media. Autores sobresalientes y grandes maestros de la Escolástica van aduciendo nuevos argumentos de relevancia teológica que entrañan los principios de solución al problema dogmático. Las vías para la definición misma las puso Duns Escoto a quien le cabe la gloria de haber abierto la puerta. A través de controversias se llegó, en 1439, a la importante declaración del Concilio de Basilea, que proclamó la doctrina de la Inmaculada Concepción: “piadosa, conforme al culto de la Iglesia, a la fe católica, a la recta razón y a la Sagrada Escritura”. A pesar del carácter cismático de ese Concilio, desde entonces la doctrina desbrozó el camino.

Luego, con su declaración sobre el pecado original, el Concilio de Trento, avanzó un poco más dando un nuevo paso relevante en 1516.

Clemente XI, en 1708, extiende e impone la fiesta de la Inmaculada a la Iglesia Universal. Con lo cual, ya maduraba la cuestión y todo el terreno abonado hacía que Pío IX, llagara a la decisión dando el impulso decisivo.

Y, efectivamente, tras las reflexiones pertinentes, realizados los estudios oportunos y consultados el episcopado, Pío Noveno definió el dogma en la Bula Ineffabilis Deus el 8 de diciembre de 1854.

El entuerto se resolvió en el S. XIV a partir de las intuiciones de Juan Duns Scotto, precisamente un franciscano, que dijo que María fue redimida como todos, pero siendo preservada, en vez de liberada, del pecado. Poco después, en 1483, el Papa Sixto IV se adelantó casi 4 siglos a la declaración del dogma extendiendo la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.

Una tal expectativa sólo podía traer frutos extraordinarios en el momento en que la Iglesia confirmara como certeza de fe la Inmaculada Concepción. El  más llamativo, la ratificación dada por María misma tres años después en Lourdes, cuando le encargó a Bernadette que transmitiera a su párroco que ella era la “Inmaculada Concepciou”: ¡gran sorpresa del abbé Peyramale que una chiquilla sin instrucción repitiera el dogma! Pero en nuestra realidad encontramos otros igual de importantes. Ha sido la proliferación de grupos y asociaciones que la toman por patrona, y que, ignorantes de la crisis religiosa de Occidente, siguen atrayendo multitudes, entre ellas a muchos jóvenes. Sin duda, la que pisó la cabeza de la serpiente por ser Purísima, comparte su gracia con los que se acercan a ella.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

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