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Presencia real de Cristo Eucarístico, ¿mito o realidad?

¿CRISTO ESTA REALMENTE PRESENTE EN LA SAGRADA FORMA Ó ES SOLO UN SIGNO DE SU PRESENCIA?

Todos los cristianos nos hemos hecho esta pregunta en algún momento de nuestra vida de Fe, espero con este nuevo artículo en TRAS CRISTO Y FRANCISCO DE ASÍS, al menos arrojar un poco de luz sobre la oscuridad, a mi humilde parecer tras algunos años de andadura cristiana y franciscana.

Voy a citar las palabras del Catecismo de la Iglesia católica al respecto de este tema, pues me parece muy importante que a todos nos quede claro la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía.

“Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Rm 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos (Mt 25,31-46), en los sacramentos de los que él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, “sobre todo, (está presente) bajo las especies eucarísticas” (SC 7).

El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos. En el santísimo sacramento de la Eucaristía están contenidos verdadera, real y substancialmente” el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero. “Esta presencia se denomina `real’, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen `reales’, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente” (MF 39). (Catecismo n. 1373 y 1374).

HOSTIA EN LA IGLESIA CATÓLICA

Los cristianos católicos creemos en la transubstanciación, que consiste en la conversión de la hostia en el cuerpo y la sangre de Cristo. Esto sucede en el momento de la consagración que es una de las partes de la misa. Acto seguido de la transubstanciación (tras rezar el Padrenuestro) pasamos a recibir a Cristo cuando comemos la hostia en la comunión, como parte del sacramento de la Eucaristía o Santa Misa.

A partir del momento de la transubstanciación, se conoce también a la hostia con el nombre de Sagrada Forma o Forma Consagrada. Los cristianos católicos creemos que Jesucristo se encuentra presente en las especies del pan y del vino. “Con el fin de desterrar de raíz la inválida noción de que, en la Eucaristía recibimos meramente el Cuerpo y la Sangre de Cristo y no a Cristo en su totalidad, el Concilio de Trento definió la Presencia Real como que se incluye en la Eucaristía el Cuerpo, Alma y Divinidad de Jesucristo.”

Las hostias que no son consumidas en la comunión suelen quedar reservadas en los sagrarios o tabernáculos de las iglesias, de forma que los cristianos católicos que creen en la presencia de Jesucristo, puedan ir a visitarle y a rezar ante Él.

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Cuando se administra la comunión a un enfermo terminal se conoce al sacramento con el nombre de viático.Eso es lo que significa etimológicamente.

HOSTIA EN LA IGLESIA PROTESTANTE

Todo lo dicho anteriormente es aplicable al caso de la Iglesia Protestante, pues la mayor parte de ésta aún conserva el sacramento de la Eucaristía.

Sin embargo el protestantismo no acepta la presencia real de Jesús en la hostia, por lo que el pan en este caso es símbolo de Jesucristo y no Jesucristo mismo.

Por tanto que nos quede claro que los que nos llamamos cristianos, Cristo  está realmente presente en la sagrada forma, una vez que es consagrada en la misa  y por tanto es a Cristo a quien recibimos. Algunos  sacerdotes actuales a la luz de algunas corrientes teológicas, no creen en esta realidad y dicen que es un símbolo. Sin embargo si creen en otras cosas a “pies juntillas” quizás más fabulosas que creer en la “real presencia de Jesús en el Sagrario o en la Comunión”, pero esto es una opinión mía a título estrictamente personal.

Fuentes consultadas: Catecismo de la Iglesia Católica y otras fuentes rigurosas sobre el tema.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m

Pentecostés la fuerza del Espíritu Santo

Toda la vida consagrada en la Iglesia, es alentada por el Espíritu, Él es quien llama y quien alienta, pero vamos a ver que significa primero este vocablo y de donde viene, para poder así mejor entender de que estamos hablando.

Pentecostés (del griego pentekosté (heméra) “el quincuagésimo día”) describe la fiesta del quincuagésimo día después de la Pascua (Domingo de Resurrección) y que pone término al tiempo pascual.

Durante Pentecostés se celebra el descenso del Espíritu Santo y el inicio de la actividad de la Iglesia, por ello también se le conoce como la celebración del Espíritu Santo. En la liturgia católica es la fiesta más importante después de la Pascua y la Navidad. La liturgia incluye la secuencia medieval Veni, Sancte Spiritus.

La venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente, fue uno de los hitos más importantes dentro de la Historia, en este apartado nuevo que inauguramos “Historia de la Iglesia” en el site Tras Cristo y Francisco de Asís, vamos a hablar de lo que supuso de importante para el sostenimiento de fe y de la iglesia en particular.

El fondo histórico de tal celebración se basa en la fiesta semanal judía llamada Shavuot (fiesta de las semanas), durante la cual se celebra el quincuagésimo día de la aparición de Dios en el monte Sinaí, por lo tanto en el día de Pentecostés también se celebra la entrega de la Ley (mandamientos) al pueblo de Israel.

En las Iglesias ortodoxas existe además la celebración de las Tres Divinas Personas o de la Santa Trinidad; las Iglesias occidentales celebran para esta ocasión desde el siglo XIV su propia fiesta llamada Trinitatis (la fiesta de la Santísima Trinidad) una semana después del Pentecostés.

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En el calendario cristiano con Pentecostés termina el tiempo pascual de los 50 días.

En las narraciones sobre Pentecostés de Hechos de los Apóstoles (2,1 – 41) se le adjudica al Espíritu Santo, en congruencia con el Antiguo Testamento, características milagrosas (carismas): él ofrece valentía y libertad, posibilita la comprensión (glosolalia) y fortifica una comunidad universal.

El lunes después de Pentecostés es día de fiesta en muchos países como Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Francia, Hungría, Islandia, Liechtenstein, Noruega, los Países Bajos o Suiza. También es festivo en algunas comunidades autónomas de España como en Cataluña.

Los judíos celebraban una fiesta para dar gracias por las cosechas, 50 días después de la pascua. De ahí viene el nombre de Pentecostés. Luego, el sentido de la celebración cambió por el dar gracias por la Ley entregada a Moisés.

En esta fiesta recordaban el día en que Moisés subió al Monte Sinaí y recibió las tablas de la Ley y le enseñó al pueblo de Israel lo que Dios quería de ellos. Celebraban así, la alianza del Antiguo Testamento que el pueblo estableció con Dios: ellos se comprometieron a vivir según sus mandamientos y Dios se comprometió a estar con ellos siempre.

La gente venía de muchos lugares al Templo de Jerusalén, a celebrar la fiesta de Pentecostés.

En el marco de esta fiesta judía es donde surge nuestra fiesta cristiana de Pentecostés.

La Promesa del Espíritu Santo

Durante la Última Cena, Jesús les promete a sus apóstoles: “Mi Padre os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre: el espíritu de Verdad” (San Juan 14, 16-17).

Más adelante les dice: “Les he dicho estas cosas mientras estoy con ustedes; pero el Abogado, El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése les enseñará todo y traerá a la memoria todo lo que yo les he dicho.” (San Juan 14, 25-26).

Al terminar la cena, les vuelve a hacer la misma promesa: “Les conviene que yo me vaya, pues al irme vendrá el Abogado,… muchas cosas tengo todavía que decirles, pero no se las diré ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de Verdad, os guiará hasta la verdad completa,… y os comunicará las cosas que están por venir” (San Juan 16, 7-14).

En el calendario del Año Litúrgico, después de la fiesta de la Ascensión, a los cincuenta días de la Resurrección de Jesús, celebramos la fiesta de Pentecostés.

Explicación de la fiesta:

Después de la Ascensión de Jesús, se encontraban reunidos los apóstoles con la Madre de Jesús. Era el día de la fiesta de Pentecostés. Tenían miedo de salir a predicar. Repentinamente, se escuchó un fuerte viento y pequeñas lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de ellos.

Quedaron llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas desconocidas.

En esos días, había muchos extranjeros y visitantes en Jerusalén, que venían de todas partes del mundo a celebrar la fiesta de Pentecostés judía. Cada uno oía hablar a los apóstoles en su propio idioma y entendían a la perfección lo que ellos hablaban.

Todos ellos, desde ese día, ya no tuvieron miedo y salieron a predicar a todo el mundo las enseñanzas de Jesús. El Espíritu Santo les dio fuerzas para la gran misión que tenían que cumplir: Llevar la palabra de Jesús a todas las naciones, y bautizar a todos los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Es este día cuando comenzó a existir la Iglesia como tal.

¿Quién es el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo es Dios, es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia nos enseña que el Espíritu Santo es el amor que existe entre el Padre y el Hijo. Este amor es tan grande y tan perfecto que forma una tercera persona. El Espíritu Santo llena nuestras almas en el Bautismo y después, de manera perfecta, en la Confirmación. Con el amor divino de Dios dentro de nosotros, somos capaces de amar a Dios y al prójimo. El Espíritu Santo nos ayuda a cumplir nuestro compromiso de vida con Jesús.

Señales del Espíritu Santo:

El viento, el fuego, la paloma.
espiritusantotrascristoyfcoasissiteEstos símbolos nos revelan los poderes que el Espíritu Santo nos da: El viento es una fuerza invisible pero real. Así es el Espíritu Santo. El fuego es un elemento que limpia. Por ejemplo, se prende fuego al terreno para quitarle las malas hierbas y poder sembrar buenas semillas. En los laboratorios médicos para purificar a los instrumentos se les prende fuego.

El Espíritu Santo es una fuerza invisible y poderosa que habita en nosotros y nos purifica de nuestro egoísmo para dejar paso al amor.

Nombres del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo ha recibido varios nombres a lo largo del nuevo Testamento: el Espíritu de verdad, el Abogado, el Paráclito, el Consolador, el Santificador.

Misión del Espíritu Santo:

 El Espíritu Santo es santificador: Para que el Espíritu Santo logre cumplir con su función, necesitamos entregarnos totalmente a Él y dejarnos conducir dócilmente por sus inspiraciones para que pueda perfeccionarnos y crecer todos los días en la santidad.

  1. El Espíritu Santo mora en nosotros: En San Juan 14, 16, encontramos la siguiente frase: “Yo rogaré al Padre y les dará otro abogado que estará con ustedes para siempre”. También, en I Corintios 3. 16 dice: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ustedes?”. Es por esta razón que debemos respetar nuestro cuerpo y nuestra alma. Está en nosotros para obrar porque es “dador de vida” y es el amor. Esta aceptación está condicionada a nuestra aceptación y libre colaboración. Si nos entregamos a su acción amorosa y santificadora, hará maravillas en nosotros.
  2. El Espíritu Santo ora en nosotros: Necesitamos de un gran silencio interior y de una profunda pobreza espiritual para pedir que ore en nosotros el Espíritu Santo. Dejar que Dios ore en nosotros siendo dóciles al Espíritu. Dios interviene para bien de los que le aman.
  3. El Espíritu Santo nos lleva a la verdad plena, nos fortalece para que podamos ser testigos del Señor, nos muestra la maravillosa riqueza del mensaje cristiano, nos llena de amor, de paz, de gozo, de fe y de creciente esperanza.

El Espíritu Santo y la Iglesia:

Desde la fundación de la Iglesia el día de Pentecostés, el Espíritu Santo es quien la construye, anima y santifica, le da vida y unidad y la enriquece con sus dones.
El Espíritu Santo sigue trabajando en la Iglesia de muchas maneras distintas, inspirando, motivando e impulsando a los cristianos, en forma individual o como Iglesia entera, al proclamar la Buena Nueva de Jesús.
Por ejemplo, puede inspirar al Papa a dar un mensaje importante a la humanidad; inspirar al obispo de una diócesis para promover un apostolado; etc.

El Espíritu Santo asiste especialmente al representante de Cristo en la Tierra, el Papa, para que guíe rectamente a la Iglesia y cumpla su labor de pastor del rebaño de Jesucristo.
El Espíritu Santo construye, santifica y da vida y unidad a la Iglesia.
El Espíritu Santo tiene el poder de animarnos y santificarnos y lograr en nosotros actos que, por nosotros, no realizaríamos. Esto lo hace a través de sus siete dones.

Los siete dones del Espíritu Santo:

Estos dones son regalos de Dios y sólo con nuestro esfuerzo no podemos hacer que crezcan o se desarrollen. Necesitan de la acción directa del Espíritu Santo para poder actuar con ellos.

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 SABIDURÍA: Nos permite entender, experimentar y saborear las cosas divinas, para poder juzgarlas rectamente.

  1. ENTENDIMIENTO: Por él, nuestra inteligencia se hace apta para entender intuitivamente las verdades reveladas y las naturales de acuerdo al fin sobrenatural que tienen. Nos ayuda a entender el porqué de las cosas que nos manda Dios.
  2. CIENCIA: Hace capaz a nuestra inteligencia de juzgar rectamente las cosas creadas de acuerdo con su fin sobrenatural. Nos ayuda a pensar bien y a entender con fe las cosas del mundo.
  3. CONSEJO: Permite que el alma intuya rectamente lo que debe de hacer en una circunstancia determinada. Nos ayuda a ser buenos consejeros de los demás, guiándolos por el camino del bien.
  4. FORTALEZA: Fortalece al alma para practicar toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades que puedan surgir. Nos ayuda a no caer en las tentaciones que nos ponga el demonio.
  5. PIEDAD: Es un regalo que le da Dios al alma para ayudarle a amar a Dios como Padre y a los hombres como hermanos, ayudándolos y respetándolos.
  6. TEMOR DE DIOS: Le da al alma la docilidad para apartarse del pecado por temor a disgustar a Dios que es su supremo bien. Nos ayuda a respetar a Dios, a darle su lugar como la persona más importante y buena del mundo, a nunca decir nada contra Él.

Oración al Espíritu Santo

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor; envía Señor tu Espíritu Creador y se renovará la faz de la tierra.
OH Dios, que quisiste ilustrar los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos que, guiados por este mismo Espíritu, obremos rectamente y gocemos de tu consuelo.
Por Jesucristo, nuestro Señor
Amén.

Fuentes Consultadas: Catecismo de la Iglesia Católica y otras.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

El Sacramento de la Penitencia

La Confesión o Penitencia es el sacramento administrado por la Iglesia Católica mediante el cual los cristianos reciben el perdón de Dios por sus pecados.

El catecismo de la Iglesia Católica menciona diversos nombres que ha tomado la penitencia. Son los siguientes:

  • Sacramento de conversión, ya que es un signo de la conversión a la que el mismo Jesucristo ha llamado (cf. Lc 15 18).
  • Sacramento de la confesión, pues una de sus partes principales es la confesión de los pecados cometidos por el penitente.
  • Sacramento del perdón, pues a través de la absolución sacramental el penitente recibe el perdón de Dios.
  • Sacramento de la reconciliación, pues junto al perdón de Dios se otorga la reconciliación con Dios (cf. 2 Cor 5 20) y con la Iglesia.

El sacerdote debe llevar puesta la estola morada y este sacramento se debe realizar fuera de la Misa. El penitente debe cumplir la penitencia que se le imponga.

Toma también el nombre de penitencia porque ésta es la última parte del camino de conversión que, según la teología del sacramento, realiza el penitente para recibir el perdón de sus pecados.

rezando-03La tradición de la Iglesia toma normalmente la afirmación de los apóstoles de Jesús, según la cual Éste les había dado poder para perdonar los pecados en nombre de Dios. Los sucesores de los apóstoles escribieron que éstos les habían transmitido dicha facultad —entre otras—. Como mayor referencia, se lee en el Evangelio según san Juan:

Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Juan 20, 23

Así mismo, reafirma este mandato con el pasaje del noveno capítulo del Evangelio según san Mateo:

Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados dice entonces al paralítico: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Él se levantó y se fue a su casa. Y al ver esto, la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres.

Mateo 9, 6-7

La confesión misma también está indicada en la Epístola de Santiago, en su capítulo 5:

Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.

Santiago 5, 16

En el protestantismo se niegan a la necesidad de un ministro para el perdón de los pecados, para ellos el perdón se solicita directamente a la persona ofendida, si esta es Dios, debe ser como Jesús lo enseñó en el Padre Nuestro, debe pedirse en una parte de la oración diaria:

Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido.

Mateo 6, 12

Para ellos, muchos van a aceptar a Dios y a saber que existe, pero pocos serán los que lleguen a amarle de todo su corazón:

Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos.

Mateo 22, 14

Estos pocos escogidos recibirían el Espirítu Santo, y quien lo recibe tiene un cambio en su forma de ser, pués empiezan a fluir los frutos del Espíritu. Por sus frutos los conoceréis:

En cambio, el Espíritu da frutos de: amor, alegría y paz; de paciencia, amabilidad y bondad; de fidelidad, humildad y dominio propio.

Gálatas 5, 22-23

Cuando un creyente lo recibe, tienen el poder de retener o perdonar el pecado de otra persona y atarlo en los cielos:

Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Juan 20, 23

La condición para perdonar es que exista arrepentimiento, o sea, que tenga un cambio de actitud.

Si tu hermano te ofende, repréndele; pero si cambia de actitud, perdónale.

Lucas 17, 3

Se interpreta como: “Si peca contra ti retiene su pecado, pero si cambia de actitud, perdónale”,

Si alguien se acerca arrepentido pidiendo perdón, la ordenanza de Jesús es perdonar siempre:

pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará el mal que vosotros hacéis.

Mateo 6, 15

rezo2Las diferencias entre ambas posturas de una misma fe que es el Cristianismo, radican en las interpretaciones.

 El signo fundamental de este sacramento es el gesto de la imposición de manos sobre el penitente (aunque no todos los sacerdotes lo ejecutan), el ministro de este sacramento es el obispo y los presbíteros aunque, como en todos los sacramentos, es Cristo quien oficia y en este caso quien perdona. Actualmente hay tres tipos de ritos del sacramento que diferencian:

a) una celebración comunitaria con confesión y absolución general, propia de los tiempos fuertes.

b) comunitaria con confesión y absolución individual

c) la propiamente individual, mucho más frecuente y que sirve para reconciliar a un solo penitente.

EL SACRAMENTO EN LA ANTIGUEDAD

Además de los textos referidos, se descubre en el Nuevo Testamento además una constante llamada a la conversión y a la corrección. Se recomiendan las prácticas penitenciales tradicionales que se practican hasta el día de hoy, especialmente la oración, el ayuno y la limosna.

Para conocer algo de la disciplina penitencial, una obra importante es El pastor de Hermas, de mediados del siglo II. Mientras que algunos doctores afirmaban que no hay más penitencia que la del bautismo, Hermas piensa que el Señor ha querido que exista una penitencia posterior al bautismo, teniendo en cuenta la flaqueza humana, pero en su opinión sólo se puede recibir una vez. De todas maneras, cree que no es oportuno hablar a los catecúmenos de una «segunda penitencia», ya que puede causar confusión, puesto que el bautismo tendría que haber significado una renuncia definitiva al pecado.

A comienzos del siglo III, esa única penitencia eclesiástica años después del bautismo ya estaba perfectamente organizada y se practicaba con regularidad tanto en las iglesias de lengua griega como en las de lengua latina.

El obispo Hipólito escribió que la potestad de perdonar los pecados la tenían sólo los obispos. En ambas tradiciones, y hasta fines del siglo VI, no se conocía sino esa única posibilidad de penitencia, que había sido denominada por Tertuliano, «segunda tabla de salvación» (cf. De paenitentia 4 2 y citado en el Concilio de Trento, ver DS 1542).

La práctica de la penitencia comenzaba con la exclusión de la eucaristía y terminaba con la reconciliación, que volvía a dar al penitente el acceso a ella. El tiempo penitencial generalmente era largo y estaba acomodado a la gravedad del pecado. Las etapas de la excomunión estaban claramente fijadas:

  1. El pecador debía confesar el pecado a solas ante el obispo;
  2. Era graciosamente admitido a la penitencia eclesial;
  3. Durante algún tiempo (semanas o meses) tenía que aceptar el humillante estado de penitente, que manifestaba incluso con un vestido especial;
  4. Debía mostrar su conversión y perseverancia con obras de penitencia (oraciones, limosnas y ayunos);
  5. Quedaba excluido de la Iglesia en la medida que no podía recibir la eucaristía y era apartado de la comunidad (no podía asistir a las reuniones);
  6. Finalmente, después de que la comunidad había orado por él, el penitente obtenía la reconciliación, normalmente mediante la imposición de las manos del obispo.

No se precisa el modo en que esa reconciliación procuraba el perdón de los pecados. Las herejías penitenciales del montanismo y novacianismo obligarían a una reflexión teológica acerca de la praxis penitencial. Era preciso rechazar el rigorismo: todos los pecados graves, incluso los tres capitales (apostasía-idolatría, homicidio y adulterio) podían ser perdonados; y todos los pecados —incluso los secretos—, debían ser sometidos a la penitencia episcopal. En este sentido, Ambrosio afirma:

Dios no hace distinciones, porque prometió a todos la misericordia y concedió a sus sacerdotes la facultad de absolver sin excepción alguna. Aquel que exageró el pecado, que abunde en penitencia; los mayores crímenes se lavan con grandes llantos.

El obispo de Milán destaca el valor «medicinal» de la penitencia. Atar es hacer lo que el buen samaritano, que se inclina sobre el herido encontrado en el camino. La misericordia de Cristo nos ha enseñado que cuanto más graves son los pecados, más firmes soportes necesitan.

En El pastor de Hermas ya aparece un elemento doctrinal decisivo: la penitencia siempre es comprendida eclesiológicamente, es decir, hay, una reintegración en la misma Iglesia. Mientras perdura el procedimiento penitencial de la Iglesia antigua, se conserva la conciencia de la participación activa de toda la comunidad. Tertuliano dice claramente que la reconciliación impartida tras una laboriosa penitencia y con intervención de la comunidad confiere al pecador arrepentido la paz con la Iglesia y la venia ante Dios.

gif0023Cipriano formula explícitamente la relación causa efecto de la pax ecclesiae y la reconciliación con Dios. La paz con la Iglesia significa el don del Espíritu Santo y la esperanza de salvación. No obstante, la paz de la Iglesia no tiene en los Padres un sentido absoluto, como si se tratara de una imposición de la Iglesia sobre la voluntad divina. Cipriano advierte que si a la Iglesia se la puede engañar, Dios conoce el interior de los corazones y juzga acerca de lo que en ellos está oculto. Pero, dando la paz, la Iglesia da la esperanza de la salvación y el acceso a la comunión eucarística, la fortaleza para enfrentarse a las adversidades y confesar a Cristo, la comunicación del Espíritu Santo que habita en ella.

Ambrosio dice además que el penitente se redime del pecado y se limpia y purifica en su interior en virtud de las obras, oraciones y gemidos del pueblo; pues Cristo ha concedido a la Iglesia que uno pueda ser redimido por todos, así como todos han sido redimidos por uno gracias a la venida del Señor Jesús. Entonces la purificación del pecador es obra de toda la Iglesia, que —unida a Cristo— ofrece sus méritos y oraciones a favor de aquel que se somete a la penitencia eclesiástica. La penitencia del pecador tiene un doble valor: medicinal, ordenado a su corrección; y ejemplar, destinado a manifestar a la comunidad la sinceridad de su conversión.

threespikeshgclrrr4De manera semejante se expresa Agustín, que ofrece además la primera teoría acerca de la eficacia de la reconciliación penitencial. El perdón es propiamente fruto de la conversión, la cual es a la vez obra de la gracia divina, que actúa en el interior del hombre, pero es la caridad -que el Espíritu Santo difunde en la Iglesia- la que perdona los pecados de sus miembros. El sacerdote obra en nombre de la Iglesia, que es la que «ata y desata» los pecados. Las palabras que Jesús había dirigido a Pedro las dirige a toda la Iglesia, que tiene el poder de las llaves: «Es a los ministros de su Iglesia, que imponen las manos sobre los penitentes, a quienes Cristo dice (como a aquellos que quitan las vendas del resucitado Lázaro): “desatadlo”».

En el primer tercio del siglo IV, el Concilio de Elvira da penitencias de tres, cinco años y hasta de toda la vida. Según este concilio, los penitentes debían ser reconciliados en el mismo lugar donde habían sido excluidos, y el obispo que los reconciliaba debía ser el mismo que los había excomulgado. La reconciliación iba acompañada de la imposición de manos por parte del obispo y de los presbíteros que le asisten. El tiempo de Cuaresma se considera el más apto para practicar la penitencia pública.

La práctica de la penitencia canónica después del siglo IV no modifica sustancialmente su estructura y severidad. El Tercer Concilio de Toledo (aprox. 589) condena como una práctica execrable el uso reiterado de la reconciliación que, por influencia céltica se había introducido en España.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

Diácono transitorio y permanente

Un diácono (del griego διακονος, diakonos, «servidor» vía latín diaconus) es un hombre que ha recibido el primer grado del sacramento del Orden Sacerdotal por la imposición de las manos del obispo. Propiamente, según el Catecismo de la Iglesia Católica, los diáconos no son sacerdotes, a pesar de pertenecer al orden sagrado. Dentro de la Iglesia Católica existen dos tipos de diáconos:

Diácono transitorio
Diácono permanente

DIÁCONO TRANSITORIO

Los diáconos transitorios no son sacerdotes hasta culminar sus estudios y ser entonces ordenados por el Obispo. Por tanto, por un tiempo, todos los sacerdotes son primero ordenados diáconos transitorios (en tránsito hacia el sacerdocio).

DIÁCONO PERMANENTE

Este tipo de diaconado puede ser conferido a hombres casados pero especialmente comprometidos con su comunidad y la iglesia. El diácono permanente debe ser considerado hombre “probo” por la comunidad, caritativo, respetuoso, misericordioso y servicial. Es determinación del obispo exigir que sea casado, y en este caso, la esposa deberá autorizar por medio escrito al obispo la aceptación para la ordenación del esposo (requisito indispensable). Un diácono casado que ha perdido a su esposa no puede volver a contraer matrimonio, pero si puede optar a ser presbítero. Quien es ordenado diácono siendo soltero se compromete al celibato permanente.

priest_easter_procession_hg_clrEn el Concilio Vaticano II, se restauró nuevamente el diaconado permanente Los primeros diáconos fueron ordenados por los Apóstoles: Hechos 6, 1-6. Y fueron 7, el más destacado de ellos fue el protomártir San Esteban.

Solo el varón (“vir”) bautizado recibe válidamente esta sagrada ordenación. El sacramento del Orden confiere un carácter espiritual indeleble y no puede ser reiterado ni ser conferido para un tiempo determinado. Se le puede liberar de obligaciones y de las funciones vinculadas a la ordenación y hasta se le puede impedir ejercerlas, pero no vuelve a ser laico nuevamente, puesto que desde la ordenación queda marcado permanentemente.

FUNCIONES DEL DIÁCONO

Proclama el Evangelio y asiste en el Altar, administra los sacramentos del bautismo, del matrimonio y bendice, lleva el Viático a los enfermos (no pueden administrar la Unción de los Enfermos, antes, llamada Extremaunción) además, pueden dirigir la administración de alguna parroquia, se le puede designar una Diaconía y otros servicios según la necesidad de la Diócesis. En fin, todo lo relacionado con la misericordia y caridad además de animar a las comunidades que se le responsabilicen.

VESTIDURAS

Las vestiduras propias del diácono son la estola puesta al modo diaconal, es decir, cruzada en el cuerpo desde el hombro izquierdo y anudado por sus extremos en el lado derecho, a la altura de la cintura y sobre esta la dalmática, vestidura utilizada sobre todo en las grandes celebraciones y solemnidades.

 

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

Agua bendita un poderoso sacramental

En la Iglesia Católica, Iglesia Ortodoxa, Iglesia Católica Antigua, Anglo-Catolicismo y otras Iglesias, el agua bendita es el agua que ha sido bendecida por un Presbítero, Obispo, o Diácono para propósitos de bautizo y otros rituales y prácticas religiosas pasando a ser un sacramental. Hoy en día está cada vez más en desuso, y ya en muy pocas iglesias se suele encontrar las famosas “pilas de agua bendita” o si lo están; están vacías, no obstante su valor sacramental es importante y tiene dentro de la liturgia un valor intrínseco en la mayoría de las ceremonias dentro de diversos rituales.

Aparte de cualquier otra sustancia que se le pueda agregar al agua mientras se bendice, el agua bendita es indistinguible del agua ordinaria. La mayoría de los santos han tenido que luchar mucho con el demonio y, por eso, nos pueden hablar por propia experiencia de él. Dios lo permitía para que pudieran purificarse y santificarse y también para que, viendo la terrible realidad de su existencia, pudieran orar y sacrificarse por la conversión de los pecadores.

LOS SANTOS Y EL AGUA BENDITA

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SANTA TERESA DE JESÚS
nos dice en su Vida: “Una vez, estaba en un oratorio y se me apareció hacia el lado izquierdo el demonio de muy abominable figura, en especial le miré la boca, porque me habló y la tenía espantable. Parecía que le salía una gran llama del cuerpo. Yo tuve gran temor y me santigüé como pude y desapareció, pero tornó luego. Por dos veces me acaeció esto. Yo no sabía qué hacer; tenía allí agua bendita y la eché hacia aquella parte y nunca más tornó. Otra vez, estuvo cinco horas atormentándome con tan terribles dolores y desasosiego interior y exterior que no me parece se podía ya sufrir… Vi junto a mí un negrillo abominable, regañando como desesperado… Eran grandes los golpes que me daba sin poderme resistir en cuerpo, cabeza y brazos. No me atrevía a pedir agua bendita para que (las monjas) no tuvieran miedo y no supieran lo que era… Pero como no cesaba el tormento dije: si no se riesen, les pediría agua bendita. Me la trajeron y me la echaron a mí y no aprovechaba; la eché hacia donde él estaba y al punto, se fue y se me quitó el mal… Una noche pensé que me ahogaban y, en cuanto echaron agua bendita, vi ir mucha multitud de demonios como quien se va despeñando… Una vez, estando rezando se me puso (el diablo) sobre el libro para que no acabase la oración. Yo me santigüé y se fue. Tornando a comenzar, volvió. Creo que fueron tres veces que comencé y hasta que no eché agua bendita no pude acabar” (Vida 31).

A SAN PABLO DE LA CRUZ (1694-1775)
el diablo se le presentaba en forma de gigante horrible o de gato negro o de ave negra de aspecto terrorífico y deforme y no le dejaba dormir. Le quitaba las mantas, lo tiraba al suelo, subía a su cama, lo golpeaba… Le infundía en su corazón melancolía y tristeza y hasta deseos de tirarse por la ventana… Y él, para defenderse, rezaba, tomaba el crucifijo en sus manos, echaba agua bendita y se ponía al cuello el rosario. Siempre tenía agua bendita en su habitación.

Al CURA DE ARS
tampoco le dejaba dormir muchas noches. Imitaba los gruñidos de los osos, de perros o de otros animales… le hacía oír golpes continuos de martillo, lo tiraba al suelo y le hacía otras cosas que le hacían sufrir. Muchas veces, lo insultaba y le gritaba “comepatatas” (porque las patatas eran su principal dieta diaria). Igualmente, con agua bendita y el crucifijo, se defendía de su enemigo, aunque a veces la lucha duraba horas. Cuando se refería al diablo lo llamaba “el garras” (le grappin).

A SAN BENITO COTOLENGO el demonio muchas veces le escondía los zapatos, la ropa y, después, los encontraba en los lugares más difíciles y extraños. Una vez, se le presentó vestido como un gran señor, tratando de convencerlo de que no construyera su Obra, y entraba y salía de su casa sin dejar rastro.

A SAN JUAN BOSCO
también le hizo sufrir mucho. Lo despertaba por la noche, gritándole fuerte al oído, le tiraba sus papeles en los que escribía “Lecturas católicas”, le quitaba las mantas de la cama y, en una ocasión, hasta le prendió fuego. A veces, sentía un peso enorme sobre sí que le impedía respirar y se le presentaba como un horrible monstruo. Él lo rechazaba con la señal de la cruz, el agua bendita y haciendo penitencia frecuentemente.

A SANTA GEMA GALGANI
una noche se le presentó como un perro negro enorme. Otro día, en que desobedeció la orden de su confesor de no salir sola de casa, lo estuvo siguiendo por la calle bajo la figura de un hombre, que la asustó. Fue a buscar a su confesor para que la perdonara, fue al confesionario y, después de confesarse, se dio cuenta que el diablo había tomado la figura de su confesor. Y ella dice en su Diario: “Fue una jornada del demonio. El confesor era el diablo y estaba con la mitra puesta en la cabeza”. Se dio cuenta, porque, cuando le decía sus pecados, a todo le decía que estaba bien y no le corregía nada. Otros días, no la dejaba dormir y le daba tantos golpes que no podía levantarse por la mañana, pero lo que más le hacía sufrir eran las tentaciones contra la pureza.

En una ocasión (25-8-1900) se le presentó bajo la figura de su ángel custodio. Al principio no lo reconoció; pero, después, al sentir miedo e intranquilidad, reconoció que no era su ángel. Ya decía San Pablo que “Satanás se disfraza también de ángel de luz” (2 Co 11,14).

A ALEXANDRINA DA COSTA (1904-1955)
el diablo la asaltaba con pensamientos de suicidio, de desesperación y de impureza. En ocasiones, con permiso de Dios, el diablo se apoderaba de ella. En esos momentos, no toleraba que se hablase en su presencia de la Virgen o del Señor, escupía las imágenes sagradas, insultaba a su director espiritual y decía palabras obscenas y blasfemias. Ella, que pesaba 33 kilos y estaba paralizada, parecía tener una fuerza sobrehumana inexplicable. Ella fue un alma mística extraordinaria. Había quedado lisiada a los 14 años, al tirarse de una ventana para no ser violada, y estaba siempre inmovilizada en su cama. Ella era una víctima por la salvación de los pecadores y casi todos los días el Señor permitía que el diablo la asaltara y la hiciera sufrir durante dos horas para que sintiera horror al pecado y fuera madurando más y más en el amor de Dios y de los demás. En esos momentos, su director espiritual pronunciaba exorcismos y su hermana le echaba agua bendita para calmarle.

El SANTO PADRE PÍO (1887-1968),
famoso sacerdote capuchino italiano, tenía una guerra sin cuartel con el diablo, a quien llamaba “cosaco” o “Barbazul”. Lo asaltaba con tentaciones de las más atroces, con ataques violentos, incluso físicamente, y con insidias de toda clase. En una carta, le escribía a su director el Padre Agustín: “La otra noche la pasé muy mal. Desde las diez de la noche hasta las cinco de la mañana, el diablo no hizo otra cosa que golpearme. Me ponía pensamientos de desesperación… Cuando se fue, sentía un frío intenso en todo mi cuerpo, que me hacía temblar de pies a cabeza…

Desde hace varios días viene a visitarme con otros más, armados de bastones y barras de hierro. Quién sabe cuántas veces me ha tirado de la cama y me ha arrastrado por la habitación… A veces, permanezco así incapaz de moverme, pues me ha quitado hasta la camiseta y, cuando hace frío, me congelo… Cuántas enfermedades debería haber cogido, si el dulcísimo Jesús no me hubiese ayudado”.

2qlec9cHabía veces en que le tiraba las cosas de la habitación y le desordenaba todo, le decía palabras obscenas y esparcía un olor nauseabundo. Una mañana, después de una noche de sufrimientos con el diablo, escribió a su director una carta, fechada el 5 de noviembre de 1912, en que le decía que había visto a su ángel, sonriendo de alegría y él le había reprochado por no haberle ayudado, a pesar de haberle llamado en su ayuda. “Para castigarlo, decidí no mirarlo a la cara. Pero él, pobrecito, se me acercó, casi llorando y hasta que no lo miré, no quedó tranquilo. Y me dijo: Estoy siempre a tu lado y te rodeo con mi afecto. Mi cariño no se extinguirá con el fin de tu vida. Sé que tu corazón late siempre de amor por nuestro querido Jesús… No temas, debes tener paciencia. Yo estoy contigo”. Muchas veces, se reía y jugaba con su ángel con quien tenía mucha confianza y, por eso, en broma, es capaz de querer castigarlo, sabiendo muy bien, que, en esos momentos, Jesús quería que estuviera aparentemente solo para que su mérito en el triunfo contra el enemigo, fuera más grande. Por eso, por la satisfacción de haber triunfado, una vez más, de la tentación, su ángel se le aparece sonriendo de alegría.

El agua bendita nos trae el recuerdo de Cristo, que es el Agua Viva que calma nuestra sed de Dios y que por medio del bautismo, es signo de bendición salvadora.

Por eso podemos utilizar el agua bendecida parta invocar la protección de Jesús sobre nosotros y renovar el deseo de seguir perteneciendo a Él, ya que por el bautismo fuimos hechos hermanos suyos, hijos del Padre.

USOS DEL AGUA BENDÍTA EN CASA

Se puede tener un poco de agua bendita en casa, para ello le llevas un pequeño bote al sacerdote, te la bendice y la llevas a casa. Cuando quede poca solamente añades un poquito.

Podemos usar el agua bendita como un potente sacramental:

Al levantarnos: haciéndonos una cruz en la frente con el dedo mojado en agua bendita decimos:

Dios, bendíceme para que en este día que comienza, todo lo haga con tu protección. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Puedes rezar además Padre nuestro, Ave María y Gloria u otras palabras que salgan sinceramente de tu corazón pidiendo a Dios su protección.

Por la noche al acostarnos: haciéndonos una cruz el afrente con el dedo mojado en agua bendita decimos:

Señor, guárdame, protégeme, durante esta noche que tus ángeles me cuiden, para que mañana pueda levantarme sano y salvo. Puedes rezar también: Padre nuestro, Ave María y Gloria. O alguna oración al ángel de la Guarda.

Queda pues matizado que el agua bendita arroja a los demonios y limpia casas de ruidos y de espíritus burlones si los hubiera.

Hay que tener claro que el agua bendita es un sacramental y como tal hay que tenerle el respeto y reverencia que merece. No teniéndola en cualquier sitio o empleándola de manera indecorosa.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

El misterio del Cristo Eucarístico

CONTEMPLAR Y VIVIR CON FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS EL MISTERIO DE CRISTO EUCARÍSTICO
por Michel Hubaut, franciscano

Cuando Dios inventa un nuevo signo de presencia

¿Cómo no traicionar lo que Dios inventa para hacernos una señal: la Eucaristía? Cada época, con su sensibilidad propia, ha tratado de acoger y de vivir este sacramento de la nueva presencia de Cristo. A despecho de algunas derivas pasajeras, la Iglesia ha mantenido siempre, en el transcurso de los siglos, el difícil equilibrio de su fe entre dos tendencias extremas y opuestas: el simbolismo y el realismo.

Para los simbolistas, la eucaristía no es más que una figura, un símbolo que nos recuerda los gestos de Jesús: el pan repartido no es el signo de su cuerpo real, de su persona viviente y glorificada. Los realistas, a su vez, tienden casi a identificar la nueva presencia de Cristo con su cuerpo histórico, carnal. ¿No se ha llegado incluso a recomendar deglutir, tragar sin masticar «la hostia» para no lesionar al Señor? Esta tendencia cosifica al extremo una realidad espiritual. (Recordemos, de paso, que «espiritual» no quiere decir «irreal». Y lo real es más que lo sensible). Esta tendencia olvida sobre todo que entre Jesús de Nazaret y el Cristo resucitado hay identidad de persona, pero no de estado.

El Cristo de Pascua no es un cuerpo simplemente vuelto a la vida, a la manera de Lázaro, sino un cuerpo nuevo, transfigurado por el Espíritu. Jesús resucitado inaugura una nueva manera de ser hombre-vivo-en-relación-con-Dios-y sus hermanos. Este misterio lo sugieren bien, en los relatos de apariciones, nuestros evangelistas que insisten unas veces sobre la identidad, otras sobre la novedad. (Lucas 24,36-43, que se dirige a los griegos, que ya creen en la inmortalidad del alma, insiste en el realismo de la presencia de Cristo resucitado, que es distinto de un puro espíritu. Véase también Jn 20,27. En cuanto a Mateo 28,17, que se dirige a los semitas, insiste en la novedad de la condición del Señor). Por eso, cuando hablamos del «cuerpo» de Cristo eucarístico, no lo reducimos a nuestra condición carnal actual. Se trata de su «cuerpo glorificado», de su persona hoy viva en el reino del Padre: «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». El cristiano nada tiene de antropófago y Cristo no es «el divino prisionero del tabernáculo». Nosotros comulgamos con su nueva presencia, real, con su carne vivificada por el Espíritu. Es como decir que esta nueva condición de Cristo vivo escapa completamente a toda representación humana. Estamos limitados por las categorías del espacio y del tiempo.

No se podría, pues, reprender al hombre por su tendencia a reducir este misterio de la fe a esquemas de pensamiento que le son familiares. Así, después del siglo XIX, asaz inclinado a un exceso de realismo, nuestra época se verá, a su vez, más tentada por el simbolismo. La vigilancia de la fe se impone siempre para conservar en toda su pureza esta última revelación de Dios.

Francisco, como cada uno de nosotros, es tributario de una época que posee sus riquezas y sus derivas latentes. El siglo XIII reaccionó contra una ola de herejía simbolista. Tuvo, pues, la tendencia a insistir en el realismo de este sacramento. El vocabulario de Clara lleva su marchamo.

Pero veremos cómo el impulso de su amor, purificado y esclarecido por el Espíritu del Señor, le dio una inteligencia espiritual bastante fina para rectificar las inepcias inevitables del lenguaje humano. Se salta la trampa de palabras siempre inadecuadas para expresar cabalmente la novedad de Cristo eucarístico. Alcanza de golpe el corazón de este «misterio de la fe» que sobrepasará siempre nuestros pobres abordajes, aun teológicos. Francisco, con humildad y admiración, acoge este sacramento de Dios como un don incomparable que la Iglesia recibe, contempla y ahonda sin cesar.

[Cf. el texto completo en http://www.franciscanos.org/sanfraneucaristia/hubaut.htm]

Transcrito: Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

 

 

La Santa Misa “el cielo en la tierra”

En la Santa Misa es el sacrificio de Cristo en el Gólgota el que se actualiza, es su entrega total renovada cada día, como recordatorio de su amor a nosotros. Tanto nos amó, que no solo se entregó, sino que ha querido quedarse bajo las formas del pan y del vino. Cada vez que asistes con devoción a la Santa Misa, recibes una multitud de vienes espirituales:

A la hora de tu muerte, tu mayor consuelo serán las Misas que durante tu vida oíste.

Cada Misa que oíste te acompañará en el tribunal divino y abogará para que alcances perdón.

Con cada Misa puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados, en proporción con el fervor con que la oigas.

Con la asistencia devota a la Santa Misa, rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor.

La Santa Misa bien oída suple tus muchas negligencias y omisiones.

Por la Santa Misa bien oída se te perdonan todos los pecados veniales que estás resuelto a evitar, y muchos otros de que ni siquiera te acuerdas.

Por ella pierde también el demonio dominio sobre ti.

Ofreces el mayor consuelo a las benditas ánimas del Purgatorio

Consigues bendiciones en tus negocios y asuntos temporales.

Una Misa oída mientras vivas te aprovechará mucho más que muchas que ofrezcan por ti después de la muerte.

Te libras de muchos peligros y desgracias en los cuales quizás caerías sino fuera por la Santa Misa.

Acuérdate también de que con ella acortas tu Purgatorio.

Con cada Misa aumentarás tus grados de gloria en el Cielo. En ella recibes la bendición del sacerdote, que Dios ratifica en el cielo.

Al que oye Misa todos los días, Dios lo librará de una muerte trágica y el Ángel de la guarda tendrá presentes los pasos que dé para ir a la Misa, y Dios se los premiará en su muerte. Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de ángeles que asisten invisiblemente al Santo Sacrificio con suma reverencia.

Cuando oímos misa en honor de algún Santo en particular, dando a Dios gracias por los favores concedidos a ese Santo, no podemos menos de granjearnos su protección y especial amor, por el honor, gozo y felicidad que de nuestra buena obra se le sigue.

CITAS DE SANTOS SOBRE LA SANTA MISA

Todos los días que oigamos Misa, estaría bien que además de las otras intenciones, tuviéramos la de honrar al Santo del día. La Misa es el don más grande que se puede ofrecer al Señor por las almas, para sacarlas del purgatorio, librarlas de sus penas y llevarlas a gozar de la gloria. – San Bernardo de Sena.

El que oye Misa, hace oración, da limosna o reza por las almas del Purgatorio, trabaja en su propio provecho. – San Agustín.

Por cada Misa celebrada u oída con devoción, muchas almas salen del Purgatorio, y a las que allí quedan se les disminuyen las penas que padecen. – San Gregorio el Grande, Papa.

Durante la celebración de la Misa, se suspenden las penas de las almas por quienes ruega y obra el sacerdote, y especialmente de aquellas por las que ofrece la Misa. –San Gregorio el Grande

Puedes ganar también indulgencia plenaria todos los lunes del año ofreciendo la Santa Misa y Comunión en sufragio de las benditas almas del Purgatorio. Para los fieles que no pueden oír Misa el lunes vale que la oigan el domingo con esa intención.

La Santa Misa es la renovación del Sacrificio del Calvario, el Mayor acto de adoración a la Santísima Trinidad. Por eso es obligación oírla todos los domingos y fiestas de guardar.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

Ministerios en la Iglesia Católica

¿QUÉ SON LOS “LAICOS” O SEGLARES?

Los laicos o seglares son los cristianos que no son monjes, ni monjas, ni sacerdotes, ni diáconos, ni obispo, ni religiosos (frailes o hermanas pertenecientes a una congregación religiosa). La palabra “laico” viene del griego “laós” que significa “pueblo”. Si tú eres un cristiano o cristiana que no entras en ninguno de los estados anteriores, entonces eres un laico o un seglar. La misión de los laicos en el mundo es la de dar testimonio de santidad y, en su vida diaria, impregnar de espíritu cristiano los ambientes (trabajo, familia, sociedad, etc.) donde se mueve.

¿QUIEN SON LOS CLÉRIGOS?

Son los las personas que han recibido el sacramento del orden sacerdotal en alguno de sus tres grados: diácono y diácono permanente, sacerdote, u obispo.

reverendo1¿QUE ES UN DIÁCONO? 

La palabra “diácono” viene del griego y significa “servidor”. No son sacerdotes pero realizan algunos ministerios como casar, bautizar, enterrar, etc. Puede hacer lo mismo que un sacerdote menos: celebrar la Misa, confesar y administrar el sacramento de la unción de los enfermos. Para llegar a ser ordenado sacerdote, primero tiene que se ordenado de diácono y ejercer como tal un tiempo determinado. Los diáconos y los diáconos permanentes son ordenados por el obispo.

Lo mismo que lo anterior, pero con la diferencia que un diácono permanente puede ser también un hombre casado e incluso con hijos. Los candidatos al diaconado permanente que no están casados asumen la obligación de mantener el celibato. Los ordena el obispo. Los diáconos permanentes no serán ordenados sacerdotes, de ahí que son “diáconos permanentes”.

¿QUE ES UN PRESBÍTERO?

La palabra “presbítero” viene del griego y significa “anciano”. Un presbítero es un sacerdote. El ministerio del sacerdote es celebrar la Eucaristía (la misa), la Penitencia (la confesión), y el anuncio de la Palabra o predicación. A los sacerdotes los ordena el obispo.

¿QUE ES UN OBISPO?

La palabra “obispo” viene del griego y significa “vigilante”. Un obispo es un sucesor de los apóstoles. Es el guía y animador de una iglesia particular (una diócesis) con la ayuda de los sacerdotes y los diáconos. También se le llama “el Ordinario del lugar ” o sea, el que lleva el gobierno ordinario de una diócesis. Los obispos los nombra el Papa.

EL MONSEÑOR

Es un título honorífico sin cargo que se le da a un sacerdote como reconocimiento de determinados servicios a la Iglesia.

reverendo

EL ARZOBISPO

Un “arzobispo” es un título honorífico. Un arzobispo es un obispo que está al frente de una diócesis de la cual dependen otras diócesis.

EL CARDENAL

Un “cardenal” es un título honorífico. Algunos obispos son nombrados cardenales. La función de los cardenales son tres: elección, de modo colegial, del Papa. Aconsejar al Papa en las cuestiones más importantes de la Iglesia universal. Ayudar al Papa en el gobierno de la Iglesia.

¿QUIEN ES EL PAPA?

La palabra “papa” viene del griego “papas”, luego papas; en latín “papa”. Al principio era el diminutivo cariñoso con que un niño llamaba a su “padre”. En los primeros siglos este apelativo se aplicó a todos los sacerdotes y obispos. Hacia finales del siglo IV se convirtió en el título específico del obispo de Roma y en el siglo VIII se consolidó como su título exclusivo. Comienza a aparecer también la expresión “Sumo Pontífice”. El concepto de “Vicario de Cristo” pertenece al siglo XIII. El Papa tiene el poder supremo de la Iglesia y es su pastor por el encargo recibido por el Señor entregado a san Pedro. Es el sucesor de San Pedro.

Fray  Cristóbal Aguilar, o.f.m.

Vestimenta y ornamentos litúrgicos (I)

En mayor o menor medida el “cristiano” de a pie, cuando asiste a misa, nunca se pregunta qué significa los ornamentos que lleva el celebrante, que en este caso es el sacerdote. Desde este artículo intentaremos dar una breve explicación del mismo para dar “luz” sobre dicho ornamentos. Las vestimentas litúrgicas son utilizadas por los sacerdotes y otros ministros en la celebración. Hay algunas, como la casulla y la estola que son propias de los ministros ordenados.

COLORES

Dentro de la litúrgia podemos distinguir una serie de “colores” en la vestimenta del sacerdote, que tienen un significado importante, a saber:

Blanco: Fiestas de Nuestro Señor Jesucristo, María Santísima, santos no mártires. Símbolo de gloria, alegría, inocencia, pureza del alma.

Rojo: Pentecostés, Espíritu Santo, Fiestas de Apóstoles y mártires. Significa fuego de la caridad y sangre derramada por Cristo.

Verde: Ordinario del año. Significa esperanza.

Morado: Adviento y Cuaresma, Signo de humildad y penitencia.

Rosado: Tercer domingo de Adviento: alegría, amor.

En algunos lugares: Azul: Inmaculada Concepción.

cura-bautizandoALBA

Del latín “alba”, “blanca”. Vestimenta de los ministros en la celebración litúrgica, desde los acólitos hasta el presidente. Se utiliza con cíngulo a la cintura y con amito sobre el cuello.

Simbolismo: Tiene un sentido bautismal. La pureza del alma lavada por el bautismo.

ÁMITO

Del latín “amictus”, de “amicio, amicire”, rodear, envolver. Lienzo rectangular de lino blanco que el sacerdote se coloca sobre los hombros y alrededor del cuello antes de ponerse el alba. Se sujeta por medio de cintas cruzadas a la cintura. Se utiliza al menos desde el siglo VIII y hasta nuestros días.

Simbolismo: defensa contra las tentaciones diabólicas y la moderación de las palabras.

CASULLA

Del latín “casula”, “casa pequeña” o tienda. La vestidura exterior del sacerdote, por encima del alba y la estola, a modo de capa. Origen: el manto romano llamado “peánula”. El color cambia según la liturgia. Los colores litúrgicos son verde, blanco, rojo, morado.

CÍNGULO

Del latín “cingulum”, de “cingere”, ceñir. Cordón con que se ciñe al alba.

Simbolismo: la castidad.

monjas-03ESTOLA

Es una banda normalmente larga y estrecha que deben llevar los ministros o sacerdotes ordenados y solo ellos. Obispos y sacerdotes la llevan sobre el alba, colgando del cuello hacia el frente y sostenida por el cíngulo. Los diáconos la visten sobre el hombro izquierdo y la fijan a la derecha de la cintura. Generalmente es del mismo color que la casulla.

Simbolismo: la autoridad sacerdotal.

MANÍPULO

Se ponía en el brazo izquierdo. Está en desuso después de la reforma litúrgica. Actualmente está en desuso.

 

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

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