Agua bendita un poderoso sacramental

Agua bendita un poderoso sacramental

En la Iglesia Católica, Iglesia Ortodoxa, Iglesia Católica Antigua, Anglo-Catolicismo y otras Iglesias, el agua bendita es el agua que ha sido bendecida por un Presbítero, Obispo, o Diácono para propósitos de bautizo y otros rituales y prácticas religiosas pasando a ser un sacramental. Hoy en día está cada vez más en desuso, y ya en muy pocas iglesias se suele encontrar las famosas “pilas de agua bendita” o si lo están; están vacías, no obstante su valor sacramental es importante y tiene dentro de la liturgia un valor intrínseco en la mayoría de las ceremonias dentro de diversos rituales.

Aparte de cualquier otra sustancia que se le pueda agregar al agua mientras se bendice, el agua bendita es indistinguible del agua ordinaria. La mayoría de los santos han tenido que luchar mucho con el demonio y, por eso, nos pueden hablar por propia experiencia de él. Dios lo permitía para que pudieran purificarse y santificarse y también para que, viendo la terrible realidad de su existencia, pudieran orar y sacrificarse por la conversión de los pecadores.

LOS SANTOS Y EL AGUA BENDITA

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SANTA TERESA DE JESÚS
nos dice en su Vida: “Una vez, estaba en un oratorio y se me apareció hacia el lado izquierdo el demonio de muy abominable figura, en especial le miré la boca, porque me habló y la tenía espantable. Parecía que le salía una gran llama del cuerpo. Yo tuve gran temor y me santigüé como pude y desapareció, pero tornó luego. Por dos veces me acaeció esto. Yo no sabía qué hacer; tenía allí agua bendita y la eché hacia aquella parte y nunca más tornó. Otra vez, estuvo cinco horas atormentándome con tan terribles dolores y desasosiego interior y exterior que no me parece se podía ya sufrir… Vi junto a mí un negrillo abominable, regañando como desesperado… Eran grandes los golpes que me daba sin poderme resistir en cuerpo, cabeza y brazos. No me atrevía a pedir agua bendita para que (las monjas) no tuvieran miedo y no supieran lo que era… Pero como no cesaba el tormento dije: si no se riesen, les pediría agua bendita. Me la trajeron y me la echaron a mí y no aprovechaba; la eché hacia donde él estaba y al punto, se fue y se me quitó el mal… Una noche pensé que me ahogaban y, en cuanto echaron agua bendita, vi ir mucha multitud de demonios como quien se va despeñando… Una vez, estando rezando se me puso (el diablo) sobre el libro para que no acabase la oración. Yo me santigüé y se fue. Tornando a comenzar, volvió. Creo que fueron tres veces que comencé y hasta que no eché agua bendita no pude acabar” (Vida 31).

A SAN PABLO DE LA CRUZ (1694-1775)
el diablo se le presentaba en forma de gigante horrible o de gato negro o de ave negra de aspecto terrorífico y deforme y no le dejaba dormir. Le quitaba las mantas, lo tiraba al suelo, subía a su cama, lo golpeaba… Le infundía en su corazón melancolía y tristeza y hasta deseos de tirarse por la ventana… Y él, para defenderse, rezaba, tomaba el crucifijo en sus manos, echaba agua bendita y se ponía al cuello el rosario. Siempre tenía agua bendita en su habitación.

Al CURA DE ARS
tampoco le dejaba dormir muchas noches. Imitaba los gruñidos de los osos, de perros o de otros animales… le hacía oír golpes continuos de martillo, lo tiraba al suelo y le hacía otras cosas que le hacían sufrir. Muchas veces, lo insultaba y le gritaba “comepatatas” (porque las patatas eran su principal dieta diaria). Igualmente, con agua bendita y el crucifijo, se defendía de su enemigo, aunque a veces la lucha duraba horas. Cuando se refería al diablo lo llamaba “el garras” (le grappin).

A SAN BENITO COTOLENGO el demonio muchas veces le escondía los zapatos, la ropa y, después, los encontraba en los lugares más difíciles y extraños. Una vez, se le presentó vestido como un gran señor, tratando de convencerlo de que no construyera su Obra, y entraba y salía de su casa sin dejar rastro.

A SAN JUAN BOSCO
también le hizo sufrir mucho. Lo despertaba por la noche, gritándole fuerte al oído, le tiraba sus papeles en los que escribía “Lecturas católicas”, le quitaba las mantas de la cama y, en una ocasión, hasta le prendió fuego. A veces, sentía un peso enorme sobre sí que le impedía respirar y se le presentaba como un horrible monstruo. Él lo rechazaba con la señal de la cruz, el agua bendita y haciendo penitencia frecuentemente.

A SANTA GEMA GALGANI
una noche se le presentó como un perro negro enorme. Otro día, en que desobedeció la orden de su confesor de no salir sola de casa, lo estuvo siguiendo por la calle bajo la figura de un hombre, que la asustó. Fue a buscar a su confesor para que la perdonara, fue al confesionario y, después de confesarse, se dio cuenta que el diablo había tomado la figura de su confesor. Y ella dice en su Diario: “Fue una jornada del demonio. El confesor era el diablo y estaba con la mitra puesta en la cabeza”. Se dio cuenta, porque, cuando le decía sus pecados, a todo le decía que estaba bien y no le corregía nada. Otros días, no la dejaba dormir y le daba tantos golpes que no podía levantarse por la mañana, pero lo que más le hacía sufrir eran las tentaciones contra la pureza.

En una ocasión (25-8-1900) se le presentó bajo la figura de su ángel custodio. Al principio no lo reconoció; pero, después, al sentir miedo e intranquilidad, reconoció que no era su ángel. Ya decía San Pablo que “Satanás se disfraza también de ángel de luz” (2 Co 11,14).

A ALEXANDRINA DA COSTA (1904-1955)
el diablo la asaltaba con pensamientos de suicidio, de desesperación y de impureza. En ocasiones, con permiso de Dios, el diablo se apoderaba de ella. En esos momentos, no toleraba que se hablase en su presencia de la Virgen o del Señor, escupía las imágenes sagradas, insultaba a su director espiritual y decía palabras obscenas y blasfemias. Ella, que pesaba 33 kilos y estaba paralizada, parecía tener una fuerza sobrehumana inexplicable. Ella fue un alma mística extraordinaria. Había quedado lisiada a los 14 años, al tirarse de una ventana para no ser violada, y estaba siempre inmovilizada en su cama. Ella era una víctima por la salvación de los pecadores y casi todos los días el Señor permitía que el diablo la asaltara y la hiciera sufrir durante dos horas para que sintiera horror al pecado y fuera madurando más y más en el amor de Dios y de los demás. En esos momentos, su director espiritual pronunciaba exorcismos y su hermana le echaba agua bendita para calmarle.

El SANTO PADRE PÍO (1887-1968),
famoso sacerdote capuchino italiano, tenía una guerra sin cuartel con el diablo, a quien llamaba “cosaco” o “Barbazul”. Lo asaltaba con tentaciones de las más atroces, con ataques violentos, incluso físicamente, y con insidias de toda clase. En una carta, le escribía a su director el Padre Agustín: “La otra noche la pasé muy mal. Desde las diez de la noche hasta las cinco de la mañana, el diablo no hizo otra cosa que golpearme. Me ponía pensamientos de desesperación… Cuando se fue, sentía un frío intenso en todo mi cuerpo, que me hacía temblar de pies a cabeza…

Desde hace varios días viene a visitarme con otros más, armados de bastones y barras de hierro. Quién sabe cuántas veces me ha tirado de la cama y me ha arrastrado por la habitación… A veces, permanezco así incapaz de moverme, pues me ha quitado hasta la camiseta y, cuando hace frío, me congelo… Cuántas enfermedades debería haber cogido, si el dulcísimo Jesús no me hubiese ayudado”.

2qlec9cHabía veces en que le tiraba las cosas de la habitación y le desordenaba todo, le decía palabras obscenas y esparcía un olor nauseabundo. Una mañana, después de una noche de sufrimientos con el diablo, escribió a su director una carta, fechada el 5 de noviembre de 1912, en que le decía que había visto a su ángel, sonriendo de alegría y él le había reprochado por no haberle ayudado, a pesar de haberle llamado en su ayuda. “Para castigarlo, decidí no mirarlo a la cara. Pero él, pobrecito, se me acercó, casi llorando y hasta que no lo miré, no quedó tranquilo. Y me dijo: Estoy siempre a tu lado y te rodeo con mi afecto. Mi cariño no se extinguirá con el fin de tu vida. Sé que tu corazón late siempre de amor por nuestro querido Jesús… No temas, debes tener paciencia. Yo estoy contigo”. Muchas veces, se reía y jugaba con su ángel con quien tenía mucha confianza y, por eso, en broma, es capaz de querer castigarlo, sabiendo muy bien, que, en esos momentos, Jesús quería que estuviera aparentemente solo para que su mérito en el triunfo contra el enemigo, fuera más grande. Por eso, por la satisfacción de haber triunfado, una vez más, de la tentación, su ángel se le aparece sonriendo de alegría.

El agua bendita nos trae el recuerdo de Cristo, que es el Agua Viva que calma nuestra sed de Dios y que por medio del bautismo, es signo de bendición salvadora.

Por eso podemos utilizar el agua bendecida parta invocar la protección de Jesús sobre nosotros y renovar el deseo de seguir perteneciendo a Él, ya que por el bautismo fuimos hechos hermanos suyos, hijos del Padre.

USOS DEL AGUA BENDÍTA EN CASA

Se puede tener un poco de agua bendita en casa, para ello le llevas un pequeño bote al sacerdote, te la bendice y la llevas a casa. Cuando quede poca solamente añades un poquito.

Podemos usar el agua bendita como un potente sacramental:

Al levantarnos: haciéndonos una cruz en la frente con el dedo mojado en agua bendita decimos:

Dios, bendíceme para que en este día que comienza, todo lo haga con tu protección. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Puedes rezar además Padre nuestro, Ave María y Gloria u otras palabras que salgan sinceramente de tu corazón pidiendo a Dios su protección.

Por la noche al acostarnos: haciéndonos una cruz el afrente con el dedo mojado en agua bendita decimos:

Señor, guárdame, protégeme, durante esta noche que tus ángeles me cuiden, para que mañana pueda levantarme sano y salvo. Puedes rezar también: Padre nuestro, Ave María y Gloria. O alguna oración al ángel de la Guarda.

Queda pues matizado que el agua bendita arroja a los demonios y limpia casas de ruidos y de espíritus burlones si los hubiera.

Hay que tener claro que el agua bendita es un sacramental y como tal hay que tenerle el respeto y reverencia que merece. No teniéndola en cualquier sitio o empleándola de manera indecorosa.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

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