Daily Archive 12 septiembre, 2016

El misterio del Cristo Eucarístico

CONTEMPLAR Y VIVIR CON FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS EL MISTERIO DE CRISTO EUCARÍSTICO
por Michel Hubaut, franciscano

Cuando Dios inventa un nuevo signo de presencia

¿Cómo no traicionar lo que Dios inventa para hacernos una señal: la Eucaristía? Cada época, con su sensibilidad propia, ha tratado de acoger y de vivir este sacramento de la nueva presencia de Cristo. A despecho de algunas derivas pasajeras, la Iglesia ha mantenido siempre, en el transcurso de los siglos, el difícil equilibrio de su fe entre dos tendencias extremas y opuestas: el simbolismo y el realismo.

Para los simbolistas, la eucaristía no es más que una figura, un símbolo que nos recuerda los gestos de Jesús: el pan repartido no es el signo de su cuerpo real, de su persona viviente y glorificada. Los realistas, a su vez, tienden casi a identificar la nueva presencia de Cristo con su cuerpo histórico, carnal. ¿No se ha llegado incluso a recomendar deglutir, tragar sin masticar «la hostia» para no lesionar al Señor? Esta tendencia cosifica al extremo una realidad espiritual. (Recordemos, de paso, que «espiritual» no quiere decir «irreal». Y lo real es más que lo sensible). Esta tendencia olvida sobre todo que entre Jesús de Nazaret y el Cristo resucitado hay identidad de persona, pero no de estado.

El Cristo de Pascua no es un cuerpo simplemente vuelto a la vida, a la manera de Lázaro, sino un cuerpo nuevo, transfigurado por el Espíritu. Jesús resucitado inaugura una nueva manera de ser hombre-vivo-en-relación-con-Dios-y sus hermanos. Este misterio lo sugieren bien, en los relatos de apariciones, nuestros evangelistas que insisten unas veces sobre la identidad, otras sobre la novedad. (Lucas 24,36-43, que se dirige a los griegos, que ya creen en la inmortalidad del alma, insiste en el realismo de la presencia de Cristo resucitado, que es distinto de un puro espíritu. Véase también Jn 20,27. En cuanto a Mateo 28,17, que se dirige a los semitas, insiste en la novedad de la condición del Señor). Por eso, cuando hablamos del «cuerpo» de Cristo eucarístico, no lo reducimos a nuestra condición carnal actual. Se trata de su «cuerpo glorificado», de su persona hoy viva en el reino del Padre: «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». El cristiano nada tiene de antropófago y Cristo no es «el divino prisionero del tabernáculo». Nosotros comulgamos con su nueva presencia, real, con su carne vivificada por el Espíritu. Es como decir que esta nueva condición de Cristo vivo escapa completamente a toda representación humana. Estamos limitados por las categorías del espacio y del tiempo.

No se podría, pues, reprender al hombre por su tendencia a reducir este misterio de la fe a esquemas de pensamiento que le son familiares. Así, después del siglo XIX, asaz inclinado a un exceso de realismo, nuestra época se verá, a su vez, más tentada por el simbolismo. La vigilancia de la fe se impone siempre para conservar en toda su pureza esta última revelación de Dios.

Francisco, como cada uno de nosotros, es tributario de una época que posee sus riquezas y sus derivas latentes. El siglo XIII reaccionó contra una ola de herejía simbolista. Tuvo, pues, la tendencia a insistir en el realismo de este sacramento. El vocabulario de Clara lleva su marchamo.

Pero veremos cómo el impulso de su amor, purificado y esclarecido por el Espíritu del Señor, le dio una inteligencia espiritual bastante fina para rectificar las inepcias inevitables del lenguaje humano. Se salta la trampa de palabras siempre inadecuadas para expresar cabalmente la novedad de Cristo eucarístico. Alcanza de golpe el corazón de este «misterio de la fe» que sobrepasará siempre nuestros pobres abordajes, aun teológicos. Francisco, con humildad y admiración, acoge este sacramento de Dios como un don incomparable que la Iglesia recibe, contempla y ahonda sin cesar.

[Cf. el texto completo en http://www.franciscanos.org/sanfraneucaristia/hubaut.htm]

Transcrito: Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

 

 

El dogma de la Inmaculada concepción de María

El dogma de la concepción Inmaculada de María fue defendido por un hermano nuestro franciscano: Duns Scotto. Tras esta defensa y con posterioridad, en la Bula Ineffabilis Deus, S. S. Pío IX, el año 1854, definió solemnemente este dogma mariano. Declara, en su contenido, el misterio por el que María fue preservada inmune de toda macula y culpa original, desde el preciso momento de su concepción, por una singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador y Redentor de la humanidad. La denominación de Inmaculada Concepción implica un conjunto de nociones que, por su carácter esencial, aquí iniciamos un nuevo apartado en el sitio TRAS CRISTO Y FRANCISCO ASÍS, en donde se mostrarán los dogmas de la Iglesia. Pero volvamos al tema que nos ocupa. Reflexionemos:

a) Toda la humanidad viene sometida al pecado original;

b) María queda inmune de mancha y de todas sus consecuencias, por una singular gracia divina;

c) tal inmunidad obra desde el primer instante de su ser y se produce en razón de un hecho no contraído; se trata de preservación y no de mera liberación de ninguna sujeción.

El dogma fue declarado muy tarde, el 8 de diciembre de 1854 por el Papa Pío IX, pero desde muchos siglos antes el sensum fidelis, es decir, esa sabiduría de los fieles sobre las cosas de Dios, ya reconocía en María, la llena de gracia, el privilegio de haber sido preservada del pecado original desde el mismo momento de su concepción. Eso sí, como un adelanto de la Redención operada por Jesús, como explicará la teología más tarde.

El caso es que ya los padres de la Iglesia, desde los primeros siglos, algo intuían al llamarla la “segunda Eva”. San Agustín se refería a ella como la “absolutamente pura”, y en Oriente se la llamaba la “toda santa”. En el siglo IX se introdujo en Occidente la fiesta de la Concepción de María, primero en Nápoles y luego en Inglaterra. Entre el siglo XI y XII, san Anselmo de Canterbury predicaba en un sermón que se toma en el oficio de lecturas de la fiesta: “El cielo, las estrellas, la tierra, los ríos, el día y la noche, y todo cuanto está sometido al poder o utilidad de los hombres, se felicitan de la gloria perdida, pues una nueva gracia inefable, resucitada en cierto modo por ti, ¡oh Señora!, les ha sido concedida”.

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Casi veinte años después, un monje del monasterio donde había sido abad san Anselmo, escribió el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción. Era Eadmero, en 1128. Mientras que la dificultad para explicar cómo María evitó el pecado original – si no lo tuvo, ¡es que no es humana!- seguía dando quebraderos de cabeza a los teólogos, santos como Francisco de Asís, ya estaban convencidos de ello.

En este dogma, el término “concepción”, hace referencia a un sentido pasivo y nunca activo, en tanto en cuanto, atañe no ya al acto por el que sus padres la conciben, sino a la descendencia concebida; a que la misma Virgen María, al iniciar su concepción, de ninguna manera recibe signo de imperfección ni sombra de pecado alguno. El dogma requirió un largo periodo histórico de meditación teológica y de reflexión exegética, antes de que se promulgara; el prolongado proceso expresa de modo didáctico las hondas implicaciones dogmáticas de la verdad que encierra, que, sólo pudieron hacerse explícitas tras la maduración del estudio analítico y de un fructuoso pensamiento; ello pone de manifiesto su dinamismo vital en el peregrinaje de la Iglesia, iluminada siempre en su histórico caminar por el hálito propicio del Espíritu Santo.

Esta Verdad Dogmática hunde sus raíces fundamentales en el valor exegético-mariológico del Texto Protoevangélico (Gen 3,14-15); de modo que, en 1953, Pío XII, en la Encíclica Fulgens Corona deja asentado que «El fundamento de la doc­trina (del dogma) se encuentra ya en la S. Escritura, en que Dios Creador, después de la caída lamentable de Adán, se dirige a la serpiente tentadora y seductora…». En el N. T., existe otro texto de gran plenitud, fundamento bíblico del dogma: el «Ave, llena de gracia» (Lc 1,28). Son, en suma, dos textos de enorme riqueza que expresan claramente la plena santidad de María, quien siempre estuvo exenta de pecado sin sujeción jamás al diablo. En el momento en que la exégesis llegó a captar el sentido pleno de tales textos, la Iglesia pudo formular el dogma de la Inmaculada.

Por consiguiente, recorriendo el amplio y lento camino de los siglos, la tradición católica ha alcanzado la comprensión subjetiva del dogma, que Dios ofrecía de modo misteriosamente implícito en las fuentes reveladas. La lentitud secular se debe a que este hecho de la Inmaculada, en principio, podía parecer opuesto a algunos dogmas cristológicos: como que Cristo es el único totalmente santo y que es el Redentor Universal; si se admitía una excepción, se llegaba a minusvalorar la acción redentora de Jesucristo.

Son numerosos los textos de la Patrística sobre la excelsitud de la santidad de María; sin embargo, la terminología de algunos de esos textos, acerca del pecado original, en los cuatro primeros siglos, no presenta unas líneas totalmente definidas; clarificación que se va a alcanzar con exactitud después de la reacción agustiniana contra Pelagio. En este sentido, el desarrollo y la progresión doctrinal se desprende de la misma palabra de S. Agustín: “cuando se trate de pecados, no quiero referirme a la Virgen María”. Pero, entonces, se abre un nuevo periodo de oscilaciones en torno a la Inmaculada Concepción.

La devoción y la cultura religioso-popular, que se expresa en los primitivos apócrifos marianos, hacen referencia, en la primera mitad del s. II, a la figura de María de eminente y singular santidad. Las preocupaciones científicas, exegéticas o teológicas de algunos apologistas y de otros escritores alejandrinos, capadocios y antioquenos vinieron a obstaculizar y a difuminar ciertos aspectos de la imagen de la Santísima Virgen. Este fue el origen de la primera contraposición entre la fe popular y la fe culta, que tanto peso tendría posteriormente en la historia del dogma de la Inmaculada Concepción. Es difícil encontrar una respuesta decisiva sobre al dogma del pecado original en la interpretación «culta» de ciertos textos mariológicos, bajo la insuficiente evolución terminológica, siempre, se ve trabada y queda diluida.

Diversas vicisitudes afectaron al dogma en la Edad Media. Autores sobresalientes y grandes maestros de la Escolástica van aduciendo nuevos argumentos de relevancia teológica que entrañan los principios de solución al problema dogmático. Las vías para la definición misma las puso Duns Escoto a quien le cabe la gloria de haber abierto la puerta. A través de controversias se llegó, en 1439, a la importante declaración del Concilio de Basilea, que proclamó la doctrina de la Inmaculada Concepción: “piadosa, conforme al culto de la Iglesia, a la fe católica, a la recta razón y a la Sagrada Escritura”. A pesar del carácter cismático de ese Concilio, desde entonces la doctrina desbrozó el camino.

Luego, con su declaración sobre el pecado original, el Concilio de Trento, avanzó un poco más dando un nuevo paso relevante en 1516.

Clemente XI, en 1708, extiende e impone la fiesta de la Inmaculada a la Iglesia Universal. Con lo cual, ya maduraba la cuestión y todo el terreno abonado hacía que Pío IX, llagara a la decisión dando el impulso decisivo.

Y, efectivamente, tras las reflexiones pertinentes, realizados los estudios oportunos y consultados el episcopado, Pío Noveno definió el dogma en la Bula Ineffabilis Deus el 8 de diciembre de 1854.

El entuerto se resolvió en el S. XIV a partir de las intuiciones de Juan Duns Scotto, precisamente un franciscano, que dijo que María fue redimida como todos, pero siendo preservada, en vez de liberada, del pecado. Poco después, en 1483, el Papa Sixto IV se adelantó casi 4 siglos a la declaración del dogma extendiendo la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.

Una tal expectativa sólo podía traer frutos extraordinarios en el momento en que la Iglesia confirmara como certeza de fe la Inmaculada Concepción. El  más llamativo, la ratificación dada por María misma tres años después en Lourdes, cuando le encargó a Bernadette que transmitiera a su párroco que ella era la “Inmaculada Concepciou”: ¡gran sorpresa del abbé Peyramale que una chiquilla sin instrucción repitiera el dogma! Pero en nuestra realidad encontramos otros igual de importantes. Ha sido la proliferación de grupos y asociaciones que la toman por patrona, y que, ignorantes de la crisis religiosa de Occidente, siguen atrayendo multitudes, entre ellas a muchos jóvenes. Sin duda, la que pisó la cabeza de la serpiente por ser Purísima, comparte su gracia con los que se acercan a ella.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

Oración a la reina del cielo para pedir su protección y amparo

Querida y amada Inmaculada Virgen María, tu que has sido colmada de inconmensurables bienes celestiales y que tienes el amor de Dios; a ti humildemente pedimos nosotros tus hijos e hijas, que nos concedas la gracia de tu maternal protección en vida y en muerte. Especialmente en vida, mientras transitamos en este valle de lágrimas. Por tanto te rogamos tengas a bien a protegernos de día y de noche, que tu Santo Manto nos cubra y nos del amor y la paz. Te lo pedimos por los dolores que sufriste por tu Hijo Jesucristo en su Pasión. Amén.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

Oración protectora en viajes largos

Santo ángel de mi guarda, mi guía y protector, te pido de todo corazón que me protejas tanto a la ida como a la vuelta de este largo viaje, así como durante su transcurso, para que pueda llegar sin dolor y problemas a mi destino. Te rogamos por tanto nos mantengas a salvo de accidentes y otras causas que puedan dañar mi cuerpo y alma. Amén.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

Oración para reencontrarse con otro

Señor Mío Jesucristo, tu sondeas y conoces mi interior, sabes lo que hay verdaderamente dentro de mí, lo que soy de verdad, tú lo conoces. Por tanto mi querido amigo y compañero, mi benefactor, ayúdame a reconciliarme y a reencontrarme con: (se dice el nombre y apellidos, también se pueden añadir más cosas), yo le he perdonado de corazón, TÚ lo sabes, y si no me ha perdonado ella/el entonces desde aquí le pido perdón. Atiende mi súplica y por favor te pido que mediante su ángel de la guarda, le hagas saber mi dolor. Amén.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

Oración para pedir la bendición de los frutos del campo

Señor Jesús TÚ que eres el patrón de las viñas y los campos, que recoges donde no sembraste te pedimos por favor que nuestro campo sea provechoso, que lo bendigas de manera que fructifiquen en él buenos alimentos, que la tierra sea bendecida y que reconozca tu mano. Lo que te pedimos por intercesión de tu Madre, María Santísima. Amén.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

El poder del Inmaculado Corazón de María

La inmaculada concepción de María es un dogma reciente (se puede decir) dentro de la Iglesia, que fue defendido por un fraile franciscano (Duns Scotto), pero no es de este dogma de lo que quiero hablar en este artículo, sino de su corazón inmaculado y de lo preciosa que se María ante los ojos de Dios, simplemente por ser elegida por Dios para ser el lugar donde nacería el Hijo de Dios.  Y el evangelio de Lucas nos relata: María guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2,51). Aunque la concepción de Jesús se realizó por obra del Espíritu Santo, pasó por las fases de la gestación y el parto como la de todos los niños.

El Corazón de María dio su sangre y su vida a Jesús Niño, pero la maternidad de María no se limitó al proceso biológico de la generación, sino que contribuyó al crecimiento y desarrollo de su hijo. Siendo la educación una prolongación de la procreación, el Corazón de María educó el corazón de su Niño, y le enseñó a comer, a hablar, a rezar, a leer y a comportarse en sociedad.

Y como todo ser humano, el crecimiento de Jesús, requirió la acción educativa de sus padres. El evangelio de san Lucas, particularmente atento al período de la infancia, narra que Jesús en Nazaret estaba sujeto a José y a María (Lc 2,51).

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Los dones especiales de María, la hacían apta para desempeñar la misión de madre y educadora. En las circunstancias de cada día, Jesús podía encontrar en ella un modelo para imitar, y un ejemplo de amor a Dios y a los hermanos. José, como padre, cooperó con su esposa para que la casa de Nazaret fuera un ambiente favorable al crecimiento y a la maduración personal del Salvador. Enseñándole el oficio de carpintero, José insertó a Jesús en el mundo del trabajo y en la vida social. María, junto con José, introdujo a Jesús en los ritos y prescripciones de Moisés, en la oración al Dios de la Alianza con el rezo de los salmos y en la historia del pueblo de Israel. De ella y de José aprendió Jesús a frecuentar la sinagoga y a realizar la peregrinación anual a Jerusalén por la Pascua. María encontró en la psicología humana de Jesús un terreno muy fértil. Ella garantizó las condiciones favorables para que se pudieran realizar los dinamismos y los valores esenciales del crecimiento del hijo. María le dio una orientación siempre positiva, sin necesidad de corregir y sólo ayudar a Jesús a crecer «en sabiduría, en edad y en gracia» (Lc 2, 52) y a formarse para su misión. María y José son modelos de todos los educadores. Su experiencia educadora es un punto de referencia seguro para los padres cristianos, que están llamados, en condiciones cada vez más complejas y difíciles, a ponerse al servicio del desarrollo integral de sus hijos, para que lleven una vida digna del hombre y que corresponda al proyecto de Dios (Juan Pablo II).

Aunque fue su madre quien introdujo a Jesús en la cultura y en las tradiciones del pueblo de Israel, será él quien le revele su plena conciencia de ser el Hijo de Dios, siguiendo la voluntad del Padre. De maestra de su Hijo, María se convirtió en su discípula. Jesús empleó los años más floridos de su vida, educando a su Madre en la fe. Lo trascendental que resulta y fecundo gastar largos años en la formación de un santo. Tres años de vida itinerante y treinta años de vida de familia. La mejor discípula del Señor, fue formada por el mismo Señor, su Hijo. ¡Qué tierra más fértil la suya para recibir sus enseñanzas! Ella fue la única que dio el ciento por uno de cosecha. “¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron! -Más dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,27).

Según Santo Tomás, cuando damos culto al Corazón Inmaculado de María honramos a la persona misma de la Santísima Virgen. “Proprie honor exhibetur toti rei subsistenti” (Sum Theol 3ª q 5 a.1). El honor y culto que se da un órgano del cuerpo se dirige a la persona.

El amor al Corazón de María se dirige a la persona de la Virgen, significada en el Corazón. Una persona puede recibir honor por distintos motivos, por su poder, autoridad, ciencia, o virtud. La Virgen es venerada en la fiesta de la Inmaculada, de la Visitación, de la Maternidad, o de la Asunción con cultos distintos, porque los motivos son distintos. El culto a su Corazón Inmaculado es distinto por el motivo, que es su amor.

Todas las culturas han visto simbolizado el amor en el corazón. En el de María, honramos la vida moral de la Virgen: Sus pensamientos y afectos, sus virtudes y méritos, su santidad y toda su grandeza y hermosura; su amor a Dios y a su Hijo Jesús y a los hombres, redimidos por su sangre. Al honrar al Corazón Inmaculado de María lo abarcamos todo, como templo de la Trinidad, remanso de paz, tierra de esperanza, cáliz de amargura, de pena, de dolor y de gozo.

En Fátima la Virgen manifestó a los niños que Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a su Inmaculado Corazón como medio para la salvación de muchas almas y para conservar o devolver la paz al mundo. La Beata Jacinta Marto, le dijo a Lucía: “Ya me falta poco para ir al cielo. Tú te quedarás aquí, para establecer la devoción al Corazón Inmaculado de María”.

Cuando en el siglo XVIII el mundo se enfriaba por el indiferentismo religioso de doctrinas ateas, se manifiesta Cristo a Santa Margarita María de Alacoque en Paray le Monial, y la constituye promotora del culto al Corazón de Jesús, y cuando en el siglo XX, el mundo se va a ver envuelto por amenazas de guerras, divisiones y odios, herencia nefasta del materialismo y del marxismo, pide la Virgen a los niños de Fátima que difundan la devoción al Inmaculado Corazón de María. Como remedio a los males actuales, la misma Virgen nos ofrece su Corazón Inmaculado, que es ternura y dulzura, pero también exigencia de oración, sacrificio, penitencia, generosidad y entrega. No basta el culto; hay que imitar sus virtudes.

El Corazón de María, expresa el corazón físico de María, que entregó su sangre para formar la Humanidad de Cristo, y en el que resonaron todos los dolores y alegrías sufridos a su lado; y el corazón espiritual, símbolo del amor más santo y tierno, más generoso y eficaz, que la hicieron corredentora, con el cúmulo de virtudes que adornan la persona de la Madre de Dios.

El Corazón es la raíz de su santidad, y el resumen de todas sus grandezas, porque todos sus Misterios se resumen en el amor. Dios, que creó el mundo para el hombre, se reservó en él un jardín donde fuera amado, comprendido, mimado, como el huerto cerrado del Cantar de los Cantares. Es su obra primorosa y singular. Su Corazón y su alma son templo, posesión y objeto de las delicias del Señor. Sólo su corazón pudo ser el altar donde se inmoló, desde el primer instante, el Cordero inmaculado. Según San Bernardo, María “fuit ante sancta quam nata”: Nació antes a la vida de la gracia que a la de este mundo…No hay un Corazón más puro, inmaculado y santo que el de María. Como el sol reverbera sobre el fango de la tierra, su Corazón brilló sobre las miserias del mundo sin haberse contaminado por ellas. Es la Mujer vestida del sol del Apocalipsis (12,1).

La plenitud de la gracia que recibió María repercutió en su Corazón en el que no existió la más leve desviación en sus sentimientos y afectos. Su humildad, su fe, su esperanza, su compasión y su caridad, hicieron de su Corazón el receptáculo del amor y de la misericordia. El Corazón de María es el de la Hija predilecta del Padre. El Corazón de la Madre que con mayor dulzura y ternura haya amado a su Hijo. El Corazón de la Esposa donde el Espíritu realizó la más grande de sus maravillas, concibió por obra del Espíritu Santo.

virgenmaria-coraznEl Corazón de María es también un corazón humano, muy humano. Es el corazón de la Madre: Todos los hombres hemos sido engendrados en el Corazón Inmaculado de María: “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19,26. San Juan nos representaba a todos. Porque amó mucho mereció ser Madre de Dios y atrajo el Verbo a la tierra; con sufrimiento y con dolor, ha merecido ser Madre nuestra. El amor a su Hijo y a sus hijos es tan entrañable, que guarda en su corazón las acciones más insignificantes de sus hijos, hermanos de su Hijo Jesús, el Hermano Mayor.

Dios quiere conceder sus gracias a los hombres por el Corazón Inmaculado de María. Es el cuello del Cuerpo Místico por donde descienden las gracias de la Cabeza. Sus hijos predilectos son los santos. Ella goza cuando interceden por nosotros, y goza viendo que las gracias que le piden llegan a nosotros a través de Ella. Por su Corazón pasa todo cuanto ennoblece y dignifica al mundo: las gracias de conversión, la paz de las conciencias, las santas aspiraciones, el heroísmo de los santos, los rayos más luminosos que señalan al mundo los caminos de salvación. Como la imaginación, abandonada a sí misma es la loca de la casa, el corazón dejado a la deriva, sin educar, es la perdición de toda nuestra persona, María nos enseña a amar con ardor, pero con gran pureza. El amor a Dios, a nosotros mismos y a nuestros hermanos, halla el modelo humano más perfecto en el Corazón Inmaculado de María.

A María le sobra corazón para atendernos a todos como si fuéramos únicos: Dios le ha dado Corazón de Madre para que con él ame a todos y cada uno de los hombres, los de hoy y todos los de ayer y de mañana. Nosotros somos como la última floración, como el benjamín, al que prodiga sus cuidados.

Toda madre tiene amor particular a cada hijo y más al más desvalido, al subnormal, al extraviado, al más pecador, al más pequeño, al más necesitado. El Corazón de María nuestra Madre, ama a cada hombre con el mismo amor con que ama a toda la Iglesia. Ninguna madre cuando tiene el primer hijo restringe su amor, reservándolo para los que vengan. Da todo su amor al primero y al segundo, sin quitar nada al primero, y sin ahorrar nada para el tercero. Cuida de todos, y de cada uno como si no tuviera otro. Sólo saboreando el amor singular de su Corazón a cada uno, se puede gustar la delicia de sentirse amados por Ella, y se dialogará con ella y se intimará con Ella y se gozará en Ella. Para llegar a su intimidad, que es importantísimo para nuestra vida interior, es preciso tener firme fe en ese amor particular.

El egoísmo afecta a todo amor creado, incluido el de las madres, con ser el más puro. Sólo el amor de la Virgen María no tuvo jamás mezcla de egoísmo. El amor de su Corazón es virginal, sin mezcla de egoísmo, amor puro. Amándonos con amor virginal, sabemos que no se busca a sí misma: sólo busca nuestro bien. Incluso nuestra correspondencia de amor a Ella, no la quiere por bien suyo, aunque en ella se goce como madre, sino por bien nuestro, para poder lograr nuestra transformación en Dios. El amor particular que nos tiene engendra nuestra intimidad con Ella, y el abandono en su Corazón. Con el mismo amor con que ama a su Jesús. Al amar a Dios lo ha hecho “Emmanuel”, “Dios con nosotros” y al amarnos a nosotros, nos identifica con El.

El amor de los padres resulta con frecuencia ineficaz para proteger y defender a sus hijos, que no pueden impedir que enfermen, sufran accidentes, mueran. Hacen por ellos lo que pueden, pero pueden muy poco. Pero como María nos ama con su Corazón de Madre de Dios, su eficacia es absoluta, porque tiene en sus manos la omnipotencia divina, no por ser madre nuestra, sino por ser Madre de Dios.

Si el Padre hubiera concedido al Corazón de María algo a condición de que no fuera también nuestro, ella lo hubiera impedido: Si me haces su madre no me des nada que yo no pueda compartir con ellos. Al darnos el Corazón de su Madre y nuestra Madre, ha hecho nuestros todos los dones y riquezas que puso en su Corazón: su predestinación si la queremos, el cariño con que la envuelve, y los regalos con que Dios la recrea. No se puede amar a la Madre, si no se ama a sus hijos, ni se puede dar gusto a la madre, si se abandona a sus hijos.

Su Corazón hace suyos nuestros pecados y dolores, como los hizo suyos Jesús en su pasión y en la Eucaristía. Y nuestras tristezas y aflicciones. «Este es el Cordero de Dios, que toma sobre sí, los pecados del mundo”; los dolores y sufrimientos: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (He 9,4). Como en la Eucaristía Jesús sufre viendo nuestras carencias que reactivan su pasión, y goza inefablemente cuando nos ve a su lado, el Corazón de María, las considera suyas como se identificó con los sufrimientos Jesús como Corredentora, sufriendo todos nuestros dolores y pecados, y recibiendo hoy el consuelo de nuestra gratitud e intimidad .

Siempre y en cada momento compadece con nosotros. Cuando pecamos, vuelve a sentirse como avergonzada y pecadora. Por eso Jesús nos perdona tan fácilmente, para quitarle a su Madre la humillación de nuestros pecados, que la oprime porque somos sus hijos. De la misma manera que el Padre nos perdona para quitar a su Hijo el oprobio que en la Eucaristía siente de nuestros pecados porque los hace suyos, y al quitárnoslos se los quita a Él. Sin la Eucaristía sería muy difícil nuestro perdón, a pesar de la pasión de Cristo, que quedaría demasiado lejos, y es ahora cuando necesitamos que El haga suyo lo nuestro. Por eso no debemos desconfiar ni desesperar.

María es refugio de pecadores. Y cuando después del pecado nos echamos en sus brazos, Ella nos anima diciendo: Me siento Yo manchada; mas como mi Hijo quiere verme totalmente limpia, os limpiará a vosotros para que todos estemos limpios.

El Corazón de María es nuestro consuelo. No nos acompaña en el sufrimiento por pura fórmula. Llora con nosotros, sufre con nosotros nuestro mismo dolor, está con nosotros, tratando de que superemos la depresión de vernos solos y abandonados en el sufrimiento y en el dolor, especialmente en esta época de angustia, vacío y ansiedad. Siempre nos queda su Corazón, sus brazos acogedores maternales que llevan nuestra misma carga, haciéndola ligera. Y Jesús, amando a su Madre, para hacer ligera la carga de Ella, la lleva con Ella y con nosotros, y nos dice: “Venid a Mí todos los que estáis cargados y agobiados, y yo os aliviaré, porque mi yugo es suave, y mi carga ligera” (Mt. 11,28).

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Si aprendemos a ir a Jesús por María, hallaremos fortaleza y hasta verdadera delicia en el sufrimiento y en el dolor. La compañía que nos hacen los que nos aman es externa y desde fuera: son incapaces de llegar al nivel de nuestro dolor. El Corazón de María siente en nosotros y con nosotros todas nuestras angustias y dolores, porque conoce ahora, y siente en su carne, lo que estamos pasando. Y si su Corazón prefiere sufrir con nosotros ese dolor antes que quitárnoslo, es porque ve que es necesario pasarlo.

Cuántos bienes deben seguirse de estos sufrimientos, humillaciones, anonadamiento y aislamiento, olvidos, desprecios, dolores físicos y morales, y hasta los mismos pecados que nos humillan y confunden, cuando el Corazón de María, pudiéndolos evitar, prefiere hacerlos suyos, y sufrirlos en nosotros y con nosotros. Si lo tenemos presente veremos la luminosidad de la cruz, y entenderemos lo que nos dice San Pablo: “Dios, a los que decidió salvar, determinó hacerlos conformes a la imagen de su Hijo” (Rom. 8,29), y “seremos con glorificados con El, si padecemos con El”(Rom. 8,17). Entonces comprendemos los deseos ardientes que los santos tuvieron de sufrir, y no nos extrañará oír a Santa Teresa: “O padecer o morir” y a San Juan de la Cruz: “Padecer y ser despreciado por Vos”.

Para un franciscano, el corazón de María debe ser primordial, al igual que el de su Hijo, ella recibe devoción, su Hijo adoración. El fin de María es el de llevar a su Hijo Cristo, es una mediadora (no una divinidad como algunos tratan de hacer ver); pero no por eso puede menospreciarse o socavarse su importancia en la historia de la salvación y de la Iglesia. Como hermano franciscano sufro intensamente cuando veo muchos cristianos que la atacan (incluso consagrados que debieran venerarla), y así es retirada de muchos lugares (sus imágenes), menospreciada.  Tales se engañan, pues María estuvo al pie de la cruz de su Hijo, Jesús ama a María, por tanto quien hace daño a la madre, se lo hace al Hijo.

Tengamos presente esto cuando ofendamos a la Virgen María de cualquiera forma y tengamos claro que hemos de defender su honra como si fuera la de nuestra madre terrenal.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m

La Santa Misa “el cielo en la tierra”

En la Santa Misa es el sacrificio de Cristo en el Gólgota el que se actualiza, es su entrega total renovada cada día, como recordatorio de su amor a nosotros. Tanto nos amó, que no solo se entregó, sino que ha querido quedarse bajo las formas del pan y del vino. Cada vez que asistes con devoción a la Santa Misa, recibes una multitud de vienes espirituales:

A la hora de tu muerte, tu mayor consuelo serán las Misas que durante tu vida oíste.

Cada Misa que oíste te acompañará en el tribunal divino y abogará para que alcances perdón.

Con cada Misa puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados, en proporción con el fervor con que la oigas.

Con la asistencia devota a la Santa Misa, rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor.

La Santa Misa bien oída suple tus muchas negligencias y omisiones.

Por la Santa Misa bien oída se te perdonan todos los pecados veniales que estás resuelto a evitar, y muchos otros de que ni siquiera te acuerdas.

Por ella pierde también el demonio dominio sobre ti.

Ofreces el mayor consuelo a las benditas ánimas del Purgatorio

Consigues bendiciones en tus negocios y asuntos temporales.

Una Misa oída mientras vivas te aprovechará mucho más que muchas que ofrezcan por ti después de la muerte.

Te libras de muchos peligros y desgracias en los cuales quizás caerías sino fuera por la Santa Misa.

Acuérdate también de que con ella acortas tu Purgatorio.

Con cada Misa aumentarás tus grados de gloria en el Cielo. En ella recibes la bendición del sacerdote, que Dios ratifica en el cielo.

Al que oye Misa todos los días, Dios lo librará de una muerte trágica y el Ángel de la guarda tendrá presentes los pasos que dé para ir a la Misa, y Dios se los premiará en su muerte. Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de ángeles que asisten invisiblemente al Santo Sacrificio con suma reverencia.

Cuando oímos misa en honor de algún Santo en particular, dando a Dios gracias por los favores concedidos a ese Santo, no podemos menos de granjearnos su protección y especial amor, por el honor, gozo y felicidad que de nuestra buena obra se le sigue.

CITAS DE SANTOS SOBRE LA SANTA MISA

Todos los días que oigamos Misa, estaría bien que además de las otras intenciones, tuviéramos la de honrar al Santo del día. La Misa es el don más grande que se puede ofrecer al Señor por las almas, para sacarlas del purgatorio, librarlas de sus penas y llevarlas a gozar de la gloria. – San Bernardo de Sena.

El que oye Misa, hace oración, da limosna o reza por las almas del Purgatorio, trabaja en su propio provecho. – San Agustín.

Por cada Misa celebrada u oída con devoción, muchas almas salen del Purgatorio, y a las que allí quedan se les disminuyen las penas que padecen. – San Gregorio el Grande, Papa.

Durante la celebración de la Misa, se suspenden las penas de las almas por quienes ruega y obra el sacerdote, y especialmente de aquellas por las que ofrece la Misa. –San Gregorio el Grande

Puedes ganar también indulgencia plenaria todos los lunes del año ofreciendo la Santa Misa y Comunión en sufragio de las benditas almas del Purgatorio. Para los fieles que no pueden oír Misa el lunes vale que la oigan el domingo con esa intención.

La Santa Misa es la renovación del Sacrificio del Calvario, el Mayor acto de adoración a la Santísima Trinidad. Por eso es obligación oírla todos los domingos y fiestas de guardar.

Fray Cristóbal Aguilar, o.f.m.

Oración contra todo tipo de miedos y fobias

Espíritu Santo, Señor y dador de vida, tu que eres el iluminador, da luz a mi entendimiento y a mi alma, dame autoridad sobre mi miedo, rechazo y miedo al fracaso. Reniego de estos sentimientos y así elimino en tu nombre los miedos al agua, a los hombres, a las alturas, a los éxitos o a los fracasos, al gentío, a las mujeres, a Dios, a la muerte, a salir del hogar, a lugares cerrados, a espacios abiertos, a hablar públicamente, a viajar en avión y al dolor. Espíritu Santo, deja que mi familia en todas las generaciones, sepa que no hay temor en el amor.

Lo que pedimos por intercesión de María Santísima y su esposo San José, que contigo y las otras dos personas de la Santísima Trinidad, viven y se regocijan del verdadero Amor. Amén.

Fray  Cristóbal Aguilar, o.f.m

Oración contra las tentaciones sexuales y vínculos

Señor Mío Jesucristo, me pongo ante tu presencia y quiero poner fin a mis pecados sexuales, tanto de pensamiento como de obra, por tanto reniego de todas las tendencias de exhibición indecente, violación, fornicación, masturbación, acoso sexual, incesto y perversión.

Renuncio a toda bestialidad, masoquismo, sadismo, ninfomanía, lujuria y prostitución en mi familia. Pongo fin a toda agresión sexual, desórdenes de mi personalidad, traumas sexuales y desviación en el comportamiento.

Ordeno a cada demonio que esté enganchado en estos esquemas que se marche ahora, en nombre de Jesús. Pido que sean rotos estos vínculos por tu preciosa sangre derramada en el Gólgota, la misma que se ofrece en todos los altares del mundo, por los dolores de tu madre María Santísima, en su Nombre y en el de San Miguel Arcángel yo ordeno que sean desatados y rotos todos los vínculos malignos de tipo sexual que haya en mí.. Dios Padre Eterno, perdona y trae salud sexual e integridad donde había enfermedad. Que todo sea salud y rectitud, y que sepa tener una sexualidad sana. Amén.

Fray  Cristóbal Aguilar, o.f.m

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